Recuento mental, escrito y tarareado [2012]


Justo cuando está el año por morir, es que todas las personas piensan en lo que ha significado éste en relación a sus propias historias. Eso también me ha pasado a mí y por esa obsesión natural que tengo de escribir lo que me pasa, fue que nació la idea de hacer esta nueva cuestión. El 2012 fue un año bastante raro para mí en el sentido más bonito de la palabra. Me refiero a que quizás nunca había vivido tantas cosas durante un lapso de 12 meses. Empezó mientras aún estaba en Colombia, en donde tuve un empujón grandísimo en la odisea que había empezado desde hacía años; aquella de escribir. Nació entonces «Café y Arepas» en febrero y que loco pensar que en tan solo dos meses a partir de estos días,  este rincón de mi mundo cumplirá un año de vida. Pasé la primera mitad de mi año en Cali y asistí a la Universidad Del Valle, específicamente a clases de  Filosofía y de la Escuela de Comunicación Social. Entre todo ese mundo que se me mostraba (y por algún capricho del destino) tuve el honor de ser alumno de un loco gitano de la escritura llamado Carlos Arellano. Él me enseñó que «todo acto escrito es ya un prodigio de invención», creo que nunca olvidaré esas palabras. Justo en la ruptura entre el primer y el segundo semestre del año, volví a mi amada y tan extrañada Venezuela y al segmento de tierra que siento más mío que mi propio cuerpo, mi Guayana.

 Fue quizás entre tantos viajes, idas y venidas, gente que iba conociendo en el camino, experiencias vividas, cosas bastantes "chimbas" que me ocurrieron, actos de los que no me enorgullezco pero que me hicieron crecer, muchos momentos buenos que tanto me hicieron sonreír, que en el momento en el que toque nuevamente mi casa, se moldeó la figura de un nuevo espectro en mi interior. Así nació el primer libro que editaría en Julio: «Antología de un guayanés». Los meses pasaron y continúe con esta aventura, con esta travesía que en realidad no creo tenga un final.

 Justo hace pocos días, el 21 de diciembre para ser exactos cuando se suponía que iba a acabarse el mundo, yo terminaba de editar mi primer libro. Pude crear y también destruir cosas, pero admito que lo que hice, lo hice de corazón y sin arrepentimientos. Me enamoré, sentí que la vida no podría ser más bonita, vi un país que no se deja vencer a pesar de sus problemas y fui testigo de cómo el arte y la cultura se abren camino en mi generación.

El 2012 se va y puedo decir que no podría estar más agradecido de lo que en él pasó. Conocí tantos lugares y aprendí tantas cosas nuevas, que a veces me ciego pensando que he vivido demasiado. Y es entonces ¡PUM! Me doy duro contra un muro invisible cuando un día cualquiera me percato de que aún me queda demasiado por conocer, demasiado por escribir. Pero esa es la meta, continuar y ser mejorar todo el tiempo. Este año ha significado mucho y espero que el próximo se llene de nuevos huéspedes que se guarden en mi memoria.  Mi vida estará ante todo pegada al mito urbano de que todo es posible. Aquel que continúo creyendo es verídico.

Mientras me despido del año ahora que corre su ultimo día, no dejo de sentirme bien por todo lo que en él pasó; a pesar de todo siento que en el fui feliz. Ahora a preparase, viene mucho más.

-El primer libro que apareció-



Mis inconsistencias al fin se lograron condensar en un libro cuando trascurría el mes de diciembre del año 2012. Siendo sincero, apenas hasta esa fecha fue que pude dar vida a un espectro que, a pesar de múltiples intentos, continuaba siempre por continuar en el mundo de los muertos. No podría obviar tampoco lo complejo que representa intentar escribir de una manera aceptable sin tener (como es mi caso) ningún tipo de preparación en la materia. Absolutamente cada letra, palabra, oración y, sobretodo, cada mensaje, han sido realizados por mero instinto e intentando únicamente que estos sean del agrado de aquellos a los que llegan. Entonces luego de un largo proceso que comprendería casi un año, de una gran paciencia en todo el desarrollo y de quizás una suerte bastante prolongada, resultó el nombre de «Antología de un guayanés» para la obra que estaba naciendo. Éste por supuesto haciendo un homenaje a la hermosa ciudad en la que nací: Ciudad Guayana. Cuenta con una amplia gama de historias y artículos diversos que fueron realizados durante casi un año entero, la gran mayoría durante mi estadía en Colombia y otros tantos cuando retorné a Venezuela. Espero que disfrutes de todo lo expuesto y que te sientas identificado con ello. Ese sería para mi el mayor honor. 

-Evolución-



Cuando comenzó esta cuestión llamada «Café y Arepas»  no existía una causa en especial que justificara todo el proceso. Quizás lo único que se asemejase a una, sería que me había fastidiado de enviar correos con tan solo dos o tres de mis trabajos a aquellos que se interesaban en leerlos. Entonces una vez se dio apertura un día cualquiera de Febrero, este medio fue la respuesta perfecta para ese punto en particular de poder dejar de mandar tantos correos. Sin embargo, comenzó a expandirse la necesidad de un “algo más” y la idea echó raíces. Sin que yo mismo me diese cuenta, este espacio de apariencia simple se tomó un lugar destacado en mi vida y en mis esfuerzos diarios. Ya hoy no me veo a mi mismo sin él y sin esas cosas que durante meses he compartido con los que aun piensan que leer es entretenido.


-Un cuaderno y una voz-


Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

Yo pedí un expresso y Caro un late de vainilla. Me molestó la actitud con la que nos atendió la muchacha vendedora del café Babilonia. Parecía no tener paciencia para atender a los clientes y mantenía una cara de enojo nada amigable. Iba a contestarle algo por su antipatía pero Caro, adivinando lo que iba a hacer, me jaló del brazo y me llevó hasta la mesa en la que nos sentaríamos. «Seguro es que tiene algún problema» me dijo sonriendo y yo olvidé por completo la razón por la que estaba enojado. Allí se evidenciaba el poder que una persona alegre causa en los que están a su alrededor. Comenzamos a hablar disfrutando de las bebidas, aquella sería una conversación pendiente a la que ya no se le debía dar más tiempo. Recuerdo que afuera llovía y era una tarde de diciembre.

-Regalo del extraño-


Fotografía obra de Génesis Pérez 

De H.

Isla de Margarita, Marzo de 1976.

Podremos ser o no ser y ver cosas que nunca pensamos ver. Podremos realizar mil actos que nos distingan los días por lo particulares que son. Al comienzo del final no entendemos que quizás, el pecado más grande nunca cometido fue no haber actuado con plenitud. Buscando una razón para hacerlo, es que podremos dirigirnos hacia nuestro futuro. Después de eso, la vida ya no es tan difícil como podría parecer, solo es lo que nosotros queremos que sea. Preferir mirar las formas de las nubes o contar estrellas sin buscar un sentido práctico para ello, es la cuestión más bonita que en un día común podríamos llegar a hacer. Todo porque mediante tales cosas revivimos la simplicidad perfecta de los actos infantiles, aquellos que olvidamos por crecer y conocer las mañanas de este mundo tan fastidioso. Aunque en su fastidio también encontramos las maravillas por las cuales continuar en él. Es algo contradictorio si lo piensas bien, como dos caras de una moneda que nunca deja de girar en el aire. Pero nada  de eso vengo a hablarte en este pequeño obsequio que he traído desde lejos. Primero quiero que te detengas un momento y te observes en el espejo, pero sin que te mires. Por una vez en lo que va de año, obsérvate. Ahí, en ese momento, cuando te estés presenciando, date cuenta de que todo es posible y  de que nunca antes el cielo realmente había dejado de tener límites. Si la alcanzas, esa sensación de grandeza interna será incomparable. Recordarás lo que siempre has sabido: puedes lograr cualquier cosa. Tú y las cualidades características de tu persona, aquellas con las que llegaste al mundo y que podrían simplemente ser opacadas por las de cualquier otro sin que, al mismo tiempo, dejasen de ser igual de tuyas. Da igual el tiempo perdido, el pasado, el futuro; da igual el reloj porque éste continuaría siendo una ilusión a diferencia de tus convicciones. A diferencia de tu forma particular de ver el mundo y de sentir lo que sientes. Por eso es que puedes sentirte vivo y no un fantasma que deambula perdido en sus propios pesares.

-Acuérdate: no seas hormiga-


Fotografía obra de Alejandro Hernández.

Pasan los días de ensueño hasta aquel en el que, por ninguna razón en particular, reparas nuevamente en lo que tienes al frente. Entonces recuerdas lo que eres y obvias la situación que vivas en ese momento. Lo haces porque el segundo factor está siempre presente mientras que el otro es escurridizo y se esconde constantemente en el subconsciente, como una verdad absoluta pero que se mantiene ausente. De esa ausencia no te das cuenta sino cuando las circunstancias se prestan para ello. Esa es la razón por la que se camina a ciegas, por no tener siempre presente quien es uno mismo. Cuando solo conoces la situación actual que vives, te pasarás al bando de las hormigas que trabajan incansablemente día a día únicamente por instinto, y no por un anhelo que salga del alma y buscando la felicidad. 

-Amor entre metrallas-



Fotografía obra de Génesis Pérez 

Junto con esa inclinación que poseen los seres humanos por las situaciones problemáticas, él se perdió entre recuerdos y esbirros del pasado que condensaban su tristeza en el presente. La guerra civil no había parado y él no contaba con la sonrisa de ella para sobrellevar aquellas circunstancias tan caóticas. Las mañanas eran devastadoras cuando despertaba mirando el espacio vacío de su cama, aquel en donde aún se guardaba la silueta de ella moldeada en el colchón. Ahora ya no estaba tampoco el olor de su perfume ahogando el olfato con la fragancia del amor, ni sus palabras alegres que lo ayudaban a caminar. Sin ella, sin nadie. Solo él en esa casa resguardándose del peligro cuando era necesario y cumpliendo misiones con los rebeldes cuando las órdenes llegaban desde la capital. El país en decadencia, la hambruna en sus huéspedes, el despotismo por todas partes; y el solo extrañándola. Nada más le importaba ya, aceptando incluso que su destino terminaría cualquier madrugada de ésas en donde los recuerdos le susurraran por fin que ella no volvería y su vida perdiera la razón por la que seguir activa.

-July-


Fotografía obra de Génesis Pérez 

«De las decisiones que tomamos y las repercusiones que éstas nos imponen tarde o temprano. El problema está en el tiempo, en que sea siempre hacia delante y en que se guíe en la causa para dar el efecto. En eso está la base de su perfección y la naturaleza de su inminencia. La decisión y la acción; la acción y el tiempo; el tiempo y el resultado; la alegría si todo sale según lo planeado y la tristeza si es al revés. Pero así es la vida y en algún momento de nuestra niñez entendemos que de esa manera funcionan las cosas, aunque siempre terminamos obviando esa realidad al intentar luchar en contra de la corriente. Aún peor, a veces creemos ser capaces de ganarle al destino, una muestra de esa testarudez con la que venimos al mundo. El punto es ese entonces, la decisión. También están los miedos del pasado, las inseguridades hacia el futuro, el karma de nuestra conciencia; y en el medio nosotros, intentando ser diferentes. Deseando pasar de una manera muy propia a la gloria que propone la felicidad; esa termina siendo la meta final de todo ser humano. En realidad esto termina siendo un impulso mecánico que sentimos con el fin de estar en paz con nuestro exterior. ¿Y qué pasó con el sueño de despertarnos con la misma sonrisa con la que nos dormimos? Esa sería la cosa más bonita que a nadie podría llegar a pasarle pero esa ilusión pareciera ser secundaria en ocasiones.

-Que chimbo vale-



Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

Ya ni recuerdo que año sería aquel en el que paso la cuestión.  He ahí el hecho de que mi memoria siempre sirvió  únicamente para recordar los nombres de las mujeres bonitas que conocía en las fiestas. Entonces como si un huracán invencible pasara por mis devenires ya constantemente agraviados y para que terminase de entrar en el vacío de los vacíos, me transformé en un fantasma. No hablo figurativamente, en efecto sucumbí al mundo de los “no vivos” por varias razones tontas que, unidas en una misma dirección, me llevaron a atravesar paredes. Extraño mirar los atardeceres de mi ciudad y sus carnavales en febrero. Extraño tantas cosas y así esta vida se torna distinta; quizás porque ya no es vida, quizás porque ahora lo es más que nunca. No me preocupa cual será el resultado de todo esto, hace tiempo entendí que podemos luchar contra el flujo de los acontecimientos, pero que el resultado de estos será siempre el mismo.

-Querer creer-


Fotografía obra de Alejandro Hernández.


-¡Mira vale!- me gritó mi amigo Nano.

-¿Qué pasó?- contesté yo frustrado por la acumulación de “cosas no tan buenas”.

-Ríete un ratico, mira que ahora es el momento perfecto para que las cosas salgan bien.

-Fragmento del diario de Quienquiera que sea-



Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

Cuando la sangre se vuelve más oscura porque la rabia nos ha poseído completamente; cuando somos víctimas del momento inhóspito en el que la desesperación es provocada por el abuso; cuando la ceguera se produce por la impotencia; allí, en ese exacto momento, es cuando entendemos realmente la razón por la que existen los actos sin sentido. Hoy me encuentro en un momento decisivo, mi patria fue atacada siempre por un enemigo invisible: la apatía a su realidad. Fuimos todos malheridos sin que en realidad sintiéramos el dolor al momento. Todo porque volteamos a un lado cuando nos pegaban las puñaladas, así fue como pudimos pasar tantos años goteando sangre sin caer. Pero, como ya dije, esa misma sangre hoy ha cambiado. El pueblo es el que, al final de todo, cambia su propio curso. Un pueblo con sangre que aún circula, no podría quedarse de rodillas ante un verdugo. No sé lo que venga, no sé qué será lo que llegue a pasar, pero sé que no hay vuelta atrás al enfrentamiento contra esta quimera de ojos negros. No existirá escondite para los miedos que se materialicen delante de nosotros. Seremos kamikazes de la lucha y del bando que elijamos,  andaremos por las calles ardientes en busca del lugar propicio en donde dar la vida por la causa. Finalmente la guerra nos sorprenderá cualquier mañana de éstas…

-Santificado sea tu amor-



Fotografía obra de Génesis Pérez 

Entre carticas cortas escondidas debajo de un porrón que había en la isla de la urbanización, quedó estancada la historia de amor.  Ésta que había sido bonita desde el principio, con sueños hacia la eternidad y besos que intentaban traspasar al otro individuo amor verdadero, sufría el peor arrebato que podía darle el mundo: la separación obligada por sus familias debido a discrepancias en ideales. Pero qué diferencia más torpe sino esa que ha estado desde siempre atormentando a los enamorados, aquella que disputan las religiones establecidas. De esa forma, Alejandro era de familia católica, de esas que van a las iglesias los domingos y se confiesan ante un cura que probablemente tenga más pecados que cualquiera de sus adeptos. Rosita por su parte, había nacido en una familia evangélica, de los que te hablan de “la palabra” y toman su verdad como si fuese única e innegable.  Desde el momento en que ambas partes se enteraron de la relación, el cuento fue condenado al prejuicio de cada lado. “Esa gente no cree ni en la virgen y tú sabes todo lo que ella nos ha dado con su misericordia” le decía doña Lupe a su primogénito, intentando protegerlo de la amenaza que según ella asechaba los días de éste. Ante los reproches del muchacho, ella sentenciaba “ni siquiera se bautizan mijo”, y allí culminaba todo alegato. Mientras tanto, en la casa de los Ramírez pasaba exactamente lo mismo, doña Idalia le argumentaba constantemente a su hija “una creyente no puede estar con un no creyente y ese muchacho y toda su familia no han recibido a cristo en sus corazones”.

-Barrotes en mi sala-



Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

Me despierto otra vez en el colchón de siempre, con la almohada de siempre bajo mi cabeza, arropado con la cobija de siempre, mirando el techo de siempre. Me levanto de la cama y desde la ventana veo un amanecer que no es mío pero que también es el de siempre: con un sol que aparece radiante e impotente cuando es verano, o unas nubes grises con una lluvia fastidiosa cuando es invierno. Ya nada me sorprende de lo que pasa fuera de estas paredes, todo porque los  hechos verdaderamente importantes para mi ocurren dentro de ellas. Luego de pararme voy al baño, me cepillo y me lavo la cara. Me veo en el espejo y ya no me reconozco, lo que hay frente a mí es un ser muy diferente al que recordaba que yo era. Voy a la cocina y pongo a hacer el café. Con la tasa que conservo desde hace ya no sé cuántos años, me siento en el escritorio de la biblioteca a leer el libro que tenga en ese momento mientras saboreo la oscura bebida que he preparado. Tanto tiempo he tenido de estudiar mi situación diaria, que he llegado a entender que hay dos factores claves que no me han permitido ceder ante la desgracia con la que procede la locura, estos son: los libros que heredé de mi papá antes de que este muriera y (más importante aún) el internet conectado a mi computadora. Con ambas cosas puedo mantener mi conciencia ocupada sin necesidad de moverme de mi sillón preferido.

-Un algo diferente-


Fotografía obra de Génesis Pérez 

Como cuando somos participes de un evento significativo, de algo importante que trascenderá entre las páginas de la historia. Es frente a un acontecimiento de esta naturaleza que podemos vernos a nosotros mismos como protagonistas de una película de la que conocemos el comienzo pero cuyo final aún debe ser redactado. Pensando en tales cosas intento ponerme en los zapatos de los grandes que ya se fueron, de los libertadores, de los sabios iluminados, de los que fueron en contra de la corriente de la sociedad, de los pintores y músicos, de los inventores y científicos; en fin, de los que pudieron ser partícipes de ese algo diferente. Pero entonces me doy cuenta de que hablo en pasado constantemente, como si estuviese narrando la cuestión durante el último día de la humanidad y ya no haya posibilidad alguna de continuar con esta bonita telenovela que constituyen los acontecimientos de nuestra raza. He ahí como se demuestra la inclinación humana hacia el drama y lo extremista, esa que hemos llevado los hombres desde siempre. Volviendo al tema inicial, ese sentimiento de adrenalina que ha de sentirse al construir una acción trascendental debe ser el clímax máximo de las experiencias vividas. Pero no puedo dejar de pensar tampoco si acaso aquellos que constituyeron grandes segmentos de la historia de un pueblo o cierta cosa, supieron en su momento lo que estaban haciendo. Considero aburrido morir sin siquiera conocer el alcance que tuvieron nuestros actos o si estos han sido realmente importantes para determinados grupos de gentes. Pensándolo mejor, este punto es descartado de mí análisis debido a que ya hace tiempo comprendí que éste no es más que otro factor en la travesía del ídolo. Me explico: así como el mártir vive y muere por una causa que considera noble, éste no lo hace por el fin de pasar a la gloria sino por la decisión consiente de considerar dicha acción vale su esfuerzo. En fin, colándome en este subtema al que llame “Lo que se hace sin saber porque se hace” (muy original, lo sé), debo introducir el hecho de que la fuente del acto propio esté sujeta a la naturaleza básica que propone la ley de la polaridad: positivo y negativo. Tomando en cuenta al segundo, ese algo diferente que se lleve a cabo en la historia podría bien estar definido por una causa que sea perjudicial para los que nos rodean. Tal hecho no solo sobrepasa el espacio (como por ejemplo cuando nuestros impulsos dañan a seres que están incluso muy lejos de nuestras decisiones) sino también al tiempo (como cuando nuestros impulsos dañan a las generaciones predecesoras). Explicándome de mejor manera, mis dudas no solo se centran en lo extraordinario que debe ser el conformar parte de un acto cambiante que modifique lo establecido para bien, sino también el mismo hecho pero haciéndolo para mal.

-El olor de mi rosario-



Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

En el cielo no había nubes, no había un sol, no había nada de eso. En el cielo había una obra de arte en construcción compuesta por colores que se entremezclaban maravillosamente en pleno atardecer.

-Azules ojos-

Fotografía obra de Génesis Pérez 

La primera vez que la vi no presté gran atención a lo que hacía. Era una niñita con un vestido blanco que caminaba descalza al calor del mediodía. Me pareció extraño no verla con algún adulto a su lado pero no tenía tiempo que perder deteniéndome, debía asistir a una reunión muy importante y si me demoraba seguro tendría problemas con mis superiores. La reunión se llevó a cabo como siempre y fui capaz de concretar ese mismo día un negocio que llevaba tiempo persiguiendo. Esa noche pasé por el bar del edificio en el que vivía  a tomarme una copa de vino para relajarme por el estrés del trabajo. Estaba en la barra cuando volteé hacia un sector del lugar y allí estaba otra vez la niña con el vestido blanco. Me miraba concentrada en lo que yo hacía, continuaba descalza y la gente pasaba a su lado sin siquiera reparar en su presencia. Con ese segundo encuentro mi sorpresa pasó a un primer plano. La niñita era rubia y no debía de pasar de los diez años, tenía la mirada de inocencia que despiden los pequeños antes de toparse con el mundo. Yo no podía creer aquello, ¿acaso vivía en mi conjunto residencial? Las coincidencias existían pero aquello iba más allá. Decidí irme inmediatamente del sitio sin ni siquiera voltear a ver una vez más a la pequeña. Por alguna razón, que no podía entender, su presencia me incomodaba, como si no fuese algo común y corriente el hecho de que una pequeña niña me encontrase dos veces en un día.

- Poema a la moneda de un bolívar-


Fotografía de Víctor Alfonso Ravago

  “Sin querer arrepentirme aferrándome al pasado, sí debo confesar que me parecería divertido revivir aquellos momentos que ya volaron sintiéndolos míos una vez más. Cristalizarme en el acto como si éste realmente estuviese ocurriendo sería para mí el premio mayor a los  sacrificios dados. Lo sé, debo parecer patético por mantenerme con esa mentalidad dependiente del pasado para lograr sobrevivir. Pero ya para mí el principio es también el final y esto significa un constante círculo vicioso del que ya no quiero salir. Solo de esta manera es que se desvela mi historia ardida en las  aventuras nocturnas, en las adversidades diurnas, en los amores inconclusos, en el constante y decodificado devenir de los días. Por eso nos refugiamos en los recuerdos bonitos, aquellos que llenaron nuestro corazón de ganas de continuar, aquellos nos hicieron lo que somos. Somos lo que somos sin más que decir, pero yéndonos a la raíz de la cuestión, somos lo que somos por cierta razón en particular. En mi caso fue el pasado el que me congeló y me derritió al mismo tiempo. Una taza de té de manzanilla o un viaje a la Gran Sabana, cosas simples en realidad que se albergaron en mi memoria como náufragos en una isla solitaria. Es ahora, entre confesiones acaloradas por el miedo a nuestra verdad, cuando acepto que la isla tiene sobrepoblación. Esto al punto de que quizás ya no haya espacio para la fabricación de nuevos recuerdos. Acepto mi realidad: estoy atrapado en el limbo de las memorias”.

-Sí, quiero serlo-



Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

Me estaban prestando una alfombra mágica que solo me recordaba a la que tenían mis abuelos en una de esas tantas casas en las que vivieron al final de sus años. El amigo que me confió el objeto me debía dos favores: el primero había sido confabular en la causa de su enamoramiento con una de mis primas y el segundo encubrir su huida de nuestra ciudad ante el rechazo de mis tíos por su romance juvenil. De eso ya hacía muchos años, pero el insistía en el hecho de ayudarme como pago a mi ayuda pasada. Me explicó que el objeto venia de oriente, de una tierra lejana en donde los hombres eran diferentes en sus costumbres y que estos habían logrado encontrar la forma para hacer que las alfombras comunes pudiesen levitar transportando personas. Muy asombrado, con una mezcla de miedo y curiosidad a partes iguales, monté por primera vez en el rectángulo de tela. Mi objetivo era simple: poder recorrer el país entero hasta llegar hasta mi ciudad natal. Si, por supuesto, ésta era una tarea muy sencilla y que se entienda el sarcasmo con el que escribo dicha afirmación.


-Café con leche-



Fotografía de Víctor Alfonso Ravago

Iba por una calle poco transitada, de esas que siempre terminarán en un mismo punto: el centro de la ciudad. La vida parecía una densa niebla que no disipaba a pesar de mis esfuerzos constantes por complacer a los que me rodeaban. Yo en ella, no era sino un solitario becerro que tanteaba a ciegas para  lograr encontrar algo. Me había pasado ya un año entero intentando levantar cabeza, luego del viaje a la isla, del viaje a otros países, de volver a mi ciudad querida, de encontrarme con mi amada y haber vivido un idilio que nunca empezó; yo me encontraba nuevamente como de costumbre: sin un mecate de dónde agarrarme para sostenerme. La gente iba y venía pasándome por el lado sin detenerse a mirarme. Las mujeres agarrando bien su cartera pendientes de cualquier amenaza que estuviese a merced, los hombres caminando más rápidamente: el tiempo es oro si en tu casa comerán gracias a tu sudor. Yo allí, sintiéndome desconocido hasta de mí mismo, viéndome desde otros puntos como a un vagabundo que no tiene ni norte a donde dirigirse, ni sur de donde provenir. Agüero de lluvia sobre mi cabeza y un calor que pareciera tener vida propia. Perros callejeros; carros de muchos colores, de diferentes años de creación, de infinidad de modelos; árboles que no alcanzan a perecer imponentes debido a su juventud, una que también comparte la ciudad entera; tierra seca debajo de mis pies y estructuras de sementó a mi alrededor. Todo rodeándome mientras continúo caminando como aquel que solo lo hace por simple impulso.

-De todo corazón-


  Fotografía obra de Génesis Pérez 

-Yo entiendo todo de verdad, pero tienes que entenderme tú a mí también- le decía la muchacha a su madre intentado parecer segura de sí misma. Se llamaba Karla y había llevado una maldición en su espalda desde que tenía memoria, aquella de ser diferente y de querer un destino distinto al que le querían establecer. Cabello largo y suelto todo el tiempo, con aire soñador, mirada alegre, labios que servían como instrumento de hipnotismo cuando se fusionaban con la voz melodiosa que emanaban; en fin, Karla era bonita como muy pocas. Poseía la edad aquella en la que se determina el futuro de la nación compuesta por nuestro Ser en conjunto. El único problema era que no poseía un norte parecido al de las demás personas que pasaran a su lado. Su vida desde el comienzo había sido dotada por el capricho eterno de querer alcanzar la felicidad. Tal hecho (como cosa rara) estaba acompañado por un camino bastante nublado que iba atado al factor del posible fracaso en el intento. Su padre había muerto hacía ya varios años mientras desempeñaba labores como policía. Ocurrió una mañana lluviosa cuando, al interrumpir un robo que estaba en marcha, se presentó una balacera en la que culminarían sus aconteceres después de un disparo certero en la sien izquierda. Dejó tres hijos (entre los que Karla era la más pequeña) y una viuda que jamás pensaría si quiera en encontrar otra pareja de por vida. El nombre de la mujer que ahora actuaría como cabeza de familia era Cecilia Otero y aún en aquellos instantes tan acalorados, doña Cecilia no dejaba de hacer lo que siempre había hecho: querer lo mejor para su pequeña hijita.

-Contando la cosa-



Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

-La guerra me sorprendió de la manera menos esperada: cuando iba a la bodega a comprar huevos y harina de trigo porque mi hermana estaba antojada de comer panquecas. En aquellos días se hablaba de una constante amenaza que podía estallar en cualquier momento. Pero, como siempre, uno no le presta atención a las cosas sino hasta que estas le están pegando un golpe en la cara. Corría el año de 1958 y el presidente era nada menos y nada más que el desgraciado de Pedro Manuel Cardona.

-Hola te digo-




Fotografía de Víctor Alfonso Ravago

Así como soy,
sin intentar frenar el impulso que se genere,
queriendo soñar hasta sin querer hacerlo.
¿No tiene sentido? Entonces te doy la bienvenida a mi mundo.

***

-Mis maratones-


Fotografía obra de Génesis Pérez

Empezando por el final y para no dar sorpresa alguna a estas líneas, la vida que seguí estuvo constantemente girando en torno a lo pasajero. Todo aquello que ocurriese sin mayor notoriedad en mis días fue bien recibido y tal hecho se instaló en mi conciencia como la seguridad estable y perpetúa que tenemos los humanos de morir.  De la misma forma busqué esa exactitud errante, compleja y casi erradicada de la geografía terrestre que propone la esperanza. Al no poderle dar alojo fijo en mi interior, pude entender la inconstancia que tenemos muchos al mantenerla. De igual manera se opta por algo que podamos amar sin lograr entender el porqué de dicha acción, solo se hace sin esperar otra cosa. Eso quizás sea la verdadera esperanza, vivir y sentir cada minuto sin  hacer otra cosa que  aquello que nos hace sentir especiales.

-Litargo en su laberinto-


Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

Leonardo José María Litargo Moreno Fermín Vásquez, mejor conocido como Leonardo Litargo o Litargo a secas, se encontraba en la habitación con paredes blancas en la que lo habían metido aquellas personas extrañas. No entendía realmente que estaba pasando, veía su alrededor contrariado por no saber dónde se encontraría. Solo recordaba que lo habían sacado de su casa cuando estaba desayunando y que luego fue trasladado hasta ese lugar. Lo extraño era que, a pesar de su confusión, no recordaba el transcurso de cómo había llegado hasta allí. La historia de su vida era extensa, Litargo llegó a ser conocido como “La lumbrera” y es que su vida giró en torno al conocimiento puro. Fue un filósofo y erudito eminente en su época, destacado por sus trabajos y principios que estudiaban la relación del hombre con el poder. Su obra de mayor prestigio y con la que alcanzó el clímax de su carrera fue: “Dioses en potencia, nada más en potencia”. Se reconoció mediante esta que Litargo poseía un profundo entendimiento hacia la magnificencia humana y cómo ésta era un arma de doble filo para el que llegaba a desarrollarla. Se le consideraba un hombre de una cultura exorbitante, de una amabilidad calurosa y de un don para la conversación nato. Pero nada de eso valía en aquellos momentos, Litargo se encontraba preso en una celda que no poseía barrotes.

-Entrevista a un panita-


Fotografía de Víctor Alfonso Ravago

Santiago Orosco nos recibió amablemente una mañana de sábado con una sonrisa en los labios y un estrechar amigable de manos. Adentro en su pequeño apartamento, no tardó en ofrecer una taza de café recién hecho, acompañado por un poco de canela. “La canela es para darle un sabor exquisito”, explicó alegremente. El joven aclara ser parte de algo realmente grande: vivir. Empezando por lo básico, su vida consta (según sus propias palabras) de cuatro ingredientes básicos: familia, amigos, alegría y amor. “De verdad tengo tanta suerte, que los cuatro elementos se retroalimentan entre ellos. No dejo que me abandonen, son mi refugio en los momentos difíciles que presenten los días; son la seguridad de que todo estará bien”. A pesar de lo estrecha que puede parecer su vivienda (solo dos cuartos, un baño, una sala y una cocina), Santiago afirma poseer todo lo que necesita y tiene una explicación para ello bastante curiosa: “Hace algún tiempo viajé a Circacia, un pueblito hermoso en el eje cafetero colombiano. En él conocí a una viejita bastante ilustrada que me habló de Krishnamurti y de cómo éste profesaba que no es rico el que más tiene, sino el que menos necesita. A partir de ese momento decidí ejercer ese principio y creo que es bastante práctico. Acá tengo todo lo que necesito”.

-Carta a María Natalia-


Fotografía obra de Génesis Pérez 

10 de julio de 2012.

Me presento a mí mismo como el personaje principal de la historia. No siempre protagonista como en las novelas románticas, sino también antagónico cuando se daban las circunstancias. Entonces esta tinta, el papel, el esfuerzo al escribir y el tiempo empleado para tal acto, son para expresarte verdades que quizás nunca te mencioné y que hoy (ante mi propia desesperación) se fugan de mi corazón buscando la libertad, una que solo tu conciencia les puede dar. No sé porque digo todo esto en realidad, quizás es un método desesperado por llamar tu atención, para intentar lograr con un grito que voltees una vez más hacia mí y poder por lo menos mirarte a los ojos.


-Guayana de los aventureros-


Fotografía obra de Génesis Pérez 

Empezó siendo un territorio inmenso que llegaba hasta Brasil y que mostraba su esplendor bajo la categoría de provincia. La mano del hombre y la razón justificada de éste la fueron reduciendo, hasta llegar a ser lo que es hoy: dos ciudades unidas por imponentes puentes que atraviesan los más imponentes aún Orinoco y Caroní. Nunca olvidaré la unión de estos, clara de uno y oscura del otro en una línea exacta, como si la naturaleza nos gritase una vez más acerca de su increíble majestuosidad. De puerto Ordaz a San Félix, de San Félix a puerto Ordaz, así quedo delimitada la gran provincia según la geografía. Sin embargo, en mi concepción, tal vez anticuada, Guayana sigue siendo todo en conjunto: El Callao con su oro, Tumeremo, El Palmar, Guasipati, Ciudad Piar, Ciudad Bolívar, Santa Elena de Uairen, La Gran Sabana; nombres con los que crecí y que desde siempre llevaré impregnados en mi ADN. Niñez entre arboles de Pozo Verde, entre campos de Upata. Eso es Guayana, no dos ciudades sino la bastedad de todo un paraíso.


-Casita de barro-



Fotografía obra de VARL Photography.

Desde mi niñez había escuchado como mi papá decía siempre la misma frasecita corta que yo nunca podía entender: “Andar no es lo mismo que caminar”. En aquellos días escuchaba constantemente a mis padres discutir acerca de las desventuras que azotaban nuestra familia y del hecho de que ya habíamos dejado de vivir para empezar a sobrevivir. Nunca olvidaré como mi hermano intentaba constantemente calmar los ánimos de la pareja suministrándole a cada uno por separado palabras de aliento que buscaban renovar sus esperanzas hacia el futuro. El  verdadero problema era mi papá y la infinidad de negocios millonarios que inventaba de la nada y que siempre tenían como resultado el completo fracaso. Ante tales actos descarriados mi madre tuvo un amor casi inagotable y una paciencia lo suficientemente duradera como para que el matrimonio llegase a cumplir los veinte años. Unos que el día del aniversario, pasaron sin pena ni gloria como si no se estuviese celebrando nada.

 Fue una mañana de marzo cuando mi mamá despertó, miro al techo del cuarto y se desbocó en su interior cierta fuerza sobrenatural. Aquella fuerza que le da a un valiente el impulso necesario para seguir sus sueños, aquella que muchos anhelan tener porque aceptan que el miedo los contrala. Giró la cabeza en el acomodo de su cama y vio al hombre que estaba acostado a su lado, aquel al que le había dado todo y del que no recibió (mediante actos palpables) la respuesta de esa entrega. Quizás pensó en nosotros, sus hijos, al tomar la decisión de lo que haría. Este pensamiento, sin embargo, no la detuvo en ningún momento porque  no le dio más vueltas al asunto. Ni siquiera realizó el acto levantarse a tomar el café mañanero, esencial para comenzar el día con buen pie. Solo esperó a que mi papá se levantara y allí, los dos acostados viéndose las caras, ella por fin dijo:

-Me cansé, esto se acaba hoy. Ya no te amo.

Él no entendió a la primera, ni a la segunda, ni a las infinitas veces que ella le explico lo mismo: que estaba cansada, que no quería continuar así, que era lo mejor. Solo sintió un dolor inmenso en las profundidades de su ser. Ese dolor que sentimos los hombres en el momento en que una mujer nos corta las alas cuando creemos sobrevolar el cielo. Sin embargo, tomó el camino que por lo menos le trajese tranquilidad a ella, no el de entender sino el de aceptar. Fue quizás por esa aceptación que mi padre no duró ni un mes más en la casa ya que, de no hacerlo, habría enloquecido. Se fue a una tierra lejana que cualquiera de los que habíamos en la casa desconocíamos. Debo agregar que no lo hizo por abandono a nosotros sus hijos y no lo digo por querer defender sus actos ya que se no fueron los mejores desde un principio. Lleno de pena y desespero perdió la fe por aquellas lejanas llanuras en las que intentaba luchar en contra de la locura que propone la soledad. Así, después de cierto tiempo, nos llegó la noticia mediante una llamada telefónica de la policía de esa región: un hombre había perdido la vida en un accidente automovilístico. Papá murió no por un impacto entre vehículos, sino por la forma peculiar que posee el destino de desenvolverse.

***

-Tú te preguntaras que porque puedo contar esto tan fríamente, como si el recordar tales eventos no me causaran un mínimo dolor- le dijo Gustavo Centeno a su prometida.

-La verdad no quisiera incomodarte así que no tienes que darme explicaciones de ningún tipo.

-Sí, me sigue dando muchísimo dolor recordar todo eso. Pero ya han pasado los años y me siento capaz de contar la historia- respondió Gustavo haciendo caso omiso a la respuesta de su amada– Tiempo después de la noticia, del velorio y el entierro de mi viejo, logramos ir a la ciudad en donde había vivido luego de irse de nuestra casa. Debíamos buscar sus cosas y hacer cierto papeleo necesario, ya sabes todo lo competente ante algo así. Fueron entre sus cosas en las que encontramos un sobrecito amarillento al lado de un diario viejo y gastado que contenía lo vivido por papá desde que se había ido de la casa. Fue en el sobre en donde encontramos la verdadera herencia que nos dejó, que consistía en un papel rasgado que tenía escrito un parrafito que rezaba lo siguiente:

“Andar no es lo mismo que caminar. El primer acto consiste en vagar sin sentido aparente y sin una causa que nos impulse, mientras que el segundo posee una razón, una dirección y una meta. Yo anduve siempre, pero nunca caminé. Caminen hijos míos, háganlo hasta que se les consuma la suela de sus zapatos. Háganlo hasta que traigan felicidad a sus seres queridos. Que mi ejemplo sea su ejemplo pero acerca de lo que no se debe hacer”.

Gustavo nunca lloró durante el relato, mientras que su prometida, sin poder evitarlo, dejó caer lágrimas de tristeza. El legado de un padre podría no ser algo fácil de precisar, sin embargo, éste se mantendrá vigente en sus descendientes por siempre.

-Conclusiones y otros comentarios-


Fotografía obra de Génesis Pérez 

Después de muchísimas lunas, se encontraban otra vez los tres amigos conversando. Tomaban café y comentaban conclusiones acerca de sus viajes. Este mundo ya les parecía pequeño luego  de todo lo visto y esa región en la que habían crecido ya no era más extraña para ellos. Sera que es cierto aquello de que cuando te vas de tu tierra y regresas te sientes más cercano a ella que nunca. Así el primero comenzó:

-Y ese viaje-


Fotografía obra de VARL Photography.

Si acaso esto es una especie de juzgado final y la muerte ya hace rato que me visitó, reconoceré no tener miedo a contar mi historia. Esto que sentimos como propio es el resultado exacto de todo lo que somos, de la tierra roja que pisamos descalzos y de los cafés calientes que probamos en las mañanas. Entonces no perderé  ni un segundo más porque la mañana se va volando y el oxígeno parece que también se va acabando poco a poco. Llené a tope la maleta y ésta (que por sí sola ya era bastante grande) quedo abastecida de lo que se suponía era mi universo. Ropa, libros, fotografías, discos de la música que más me gustaba, algunos sueños por realizar y muchas cosas que creía importantes en aquel entonces. La expectativa no fue guardada en el equipaje, a ella si la llevaba en el bolsillo del pantalón y a donde sea que me dirigiese me acompañaba. Era como si toda mi vida hubiese esperado ese momento, como si apenas fuese a empezar a sentir y ante mí se mostraría el “nuevo mundo” descrito por los españoles en tiempos de descubrimiento.


-Renuncio-



Fotografía obra de Verónica Rodriguez.

I parte

Es inevitable que llegue ese momento en el que abandonas todo. Sea porque estás cansado de lo que te rodea o por que se te han extinguido las emociones. En mi caso lo que ocurrió fue que renuncie a mi trabajo. ¿Para qué seguir engañando al mundo? ¿Para qué continuar intentando engañarme a mí mismo? Ya no quería nada de eso. Recuerdo que el que era mi jefe me pidió que lo pensara y que luego tomara la decisión. Rechacé toda oferta que sabía no cumpliría. Al final creo que se debió enojar porque, ante mis negaciones, se le puso roja la cara y me gritó que no esperase ningún tipo de recomendación de su parte después de eso. La verdad es que tal cosa no me importaba en lo absoluto. Me sentía como un esclavo que acababa de ganar su libertad. Ya era libre de dejar invertir vida a algo que no me agradaba, libre del estrés y de las ganas de llorar al llegar a la casa en las noches, libre de horas, días y años completamente vacíos. Al fin todo aquello había terminado y cuando salí esa tarde de la empresa con la típica caja del desempleado cuyo contenido eran las cosas que estaban en mi escritorio, sentí más alegría que aquella mañana de la entrevista en la que me habían otorgado el empleo.

-¿Tienes una moneda?-

Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño 
Queriendo buscar mis raíces
Terminé encontrando mis anhelos.
Entonces creí que perder tiempo
sería un delito, un pecado, una estupidez.
*** 

- Metamorfosis -



Fotografía obra de VARL Photography.

Esa sí que era una buena vida, una a la que, sin embargo, nunca logré apreciarle lo bonito. Cuando caminaba en dos piernas y tenía pulgares opuestos todo parecía estar bajo control, yo era el único que podía decidir qué hacer y qué no. Sin dudas puedo decir que en todo aquello no había cabida a la tristeza que traen los malos momentos porque ni siquiera percibía la existencia de estos. Nunca pasé desesperación por incertidumbres que pudiesen llegar en el futuro. Lo único que realmente importaba era lo que vivía en ese momento y solo de esa manera yo era feliz. Lástima que mis decisiones fuesen cambiando y que, naturalmente, mi entorno fuese adaptándose a éstas. Sin darme cuenta me fue creciendo más pelo que el normal por todo el cuerpo, mi nariz se volvió negra y húmeda, por último y para colmo, me fue creciendo poco a poco una cola. Quizás todo fue un castigo divino por alguna de mis acciones. Si fue así o no, yo no podría saberlo.

-De mí para ti-


Fotografía obra de Génesis Pérez 

Lo desenrollé cuidadosamente y empecé a leer lo que decía:

-Campeón- Parte II


Fotografía obra de VARL Photography.

Algo malo pasa. Su marido se tambalea al caminar, tal y como lo hace cuando llega borracho. Lleva algo en la mano que Carmen no logra ver en un principio pero que, una vez observa con claridad, hace que olvide toda esa adrenalina que antes la poseía. Así el terror más puro la invade cuando ve el revolver balanceándose al compás del brazo. Ella entiende todo, de alguna manera él ha descubierto sus planes. Pero al llegar hasta  cierta distancia éste se detiene y se la queda mirando, no dice ni hace nada más, solo la mira con tristeza. Entonces el sentido común de Carmen se acciona en su interior, debe hacer algo rápido. La primera idea es correr y la segunda hablarle. Opta por la segunda, parece ser más prudente.


-Entre pastilla ¡me arrepiento!-



Fotografía obra de Génesis Pérez 

De ante mano pienso que esto es una pérdida de tiempo. Sin embargo, ya me encuentro solo y viejo, lo mejor será entonces que empiece a hablar antes de que se me olvide lo que iba a decir:

-No es un hasta luego, es un adiós-


   

Fotografía obra de VARL Photography.

Mi cuerpo se estremece y se abren los grifos de agua que hay en las pupilas. Así es esto del romance: te sube a las alturas de la gloria para luego dejarte caer. Yo caigo literalmente pero justo en la tristeza, aquella que me abraza con fuerza y me susurra al oído: «Estas solo, no hay nadie contigo», y yo la escucho, presto atención a cada palabra que de su boca sale.

-Carta a la vieja-


Fotografía obra de Alberto Rojas. Fuente Original: Caracas Shots

Fuiste y serás eternamente una mártir, así naciste y esa será por siempre tu naturaleza. Perteneces a esa categoría de seres capaces de entregar cada soplo de juventud que habite en su propio cuerpo, cada partícula de energía en sus acciones hasta llegar al cansancio rotundo, cada desvelo que termine por agotar su salud; en fin, de esos que llegan a dar su vida en correspondencia al bienestar de sus pollitos.

-Conversando con El Sebo-



Fotografía obra de Génesis Pérez 

Muchas noches bellas en las que subía con mi hermano al techo de la casa. Disfrutar de la vista periférica, de las estrellas y la luna era una obligación, mientras buscábamos un poquito de brisa entre el calor anormal que recibíamos durante el día. Esos eran los instantes perfectos para poder hablar. Nos volvíamos filósofos que, tomando jugo de naranja y tirando piedritas al terreno que quedaba al lado, intentaban buscar respuestas propias entre un mar de preguntas ajenas. Así Sebo fue un verdadero maestro que logró enseñarme más que  todo el bachillerato junto. Si la memoria no me falla (y probablemente si me esté fallando) aquella noche lo que dialogamos fue más o menos esto:

- Levántate y anda-



Fotografía obra de Génesis Pérez.

No me creo las cosas que nos quieren venir a decir  a la mayoría desde que somos chiquitos: usa la camisa por dentro, anda a la iglesia los domingos, quítate la gorra cuando vayas a comer, estudia y obtén un título para que seas alguien en la vida, no te juntes con malandros que esa gente no tiene nada bueno, lo que comienza mal termina mal. Así, infinidad de tonterías que a mi parecer, no sirven para absolutamente nada. Quieren que vivamos pero no nos dejan vivir. Apartando esto, si hay algo en lo que creo fervientemente: somos nosotros los únicos dueños de nuestros actos, de lo que queramos o no queramos hacer. Pienso que es importante pensar con claridad en este punto, ni a ti ni a mí nos gusta sentir que terceros pueden controlar lo que podamos hacer en este mundo. Por eso perseguimos siempre el sueño de la libertad, de la independencia plena. Lo importante es tener claras las posibles repercusiones que pueda traer la autonomía de nuestras acciones, saber que toda causa tendrá un efecto y hacer valer este don divino de la acción de buena manera. ¿Qué cuál sería esa buena manera? Eso solo lo podrías saber tú, yo por mi parte solo te diré que las respuestas las tenemos en nuestros corazones. Por eso somos los únicos protagonistas en esta tragicomedia. Aunque sin duda alguna hay un destino ya escrito e indiferente a eventos sin sentido, este mismo será trasmutable a los trazos realizados por los dioses en potencia que en él habitan.

-Canción de mayo-




Fotografía de Víctor Alfonso Ravago

La cosa comienza con una luz que se aproxima. No, la luz ya no parece acercarse, sino que es el bichito pequeñito el que se aproxima a ella. Cuando sale ni siquiera puede abrir los ojos, solo llora y llora o se queda quieto sin hacer nada. Cada partícula de su integridad es minúscula, delicada, débil e indefensa ante cualquier elemento extraño que quiera afectarle. Es bastante raro como funciona todo, pero desde un comienzo nos encontramos inseguros y desamparados acerca de dónde nos encontramos y ante la duda de que será lo que ocurrirá a continuación. Aún después de esperar un largo periodo de tiempo entre la oscuridad, la angustia no termina sino que apenas comienza. Un comienzo de angustia que en realidad es eterno y que permanecerá muy en el fondo de nuestra conciencia, clavado por el resto de nuestros días con vida.