-Amor entre metrallas-



Fotografía obra de Génesis Pérez 

Junto con esa inclinación que poseen los seres humanos por las situaciones problemáticas, él se perdió entre recuerdos y esbirros del pasado que condensaban su tristeza en el presente. La guerra civil no había parado y él no contaba con la sonrisa de ella para sobrellevar aquellas circunstancias tan caóticas. Las mañanas eran devastadoras cuando despertaba mirando el espacio vacío de su cama, aquel en donde aún se guardaba la silueta de ella moldeada en el colchón. Ahora ya no estaba tampoco el olor de su perfume ahogando el olfato con la fragancia del amor, ni sus palabras alegres que lo ayudaban a caminar. Sin ella, sin nadie. Solo él en esa casa resguardándose del peligro cuando era necesario y cumpliendo misiones con los rebeldes cuando las órdenes llegaban desde la capital. El país en decadencia, la hambruna en sus huéspedes, el despotismo por todas partes; y el solo extrañándola. Nada más le importaba ya, aceptando incluso que su destino terminaría cualquier madrugada de ésas en donde los recuerdos le susurraran por fin que ella no volvería y su vida perdiera la razón por la que seguir activa.

-July-


Fotografía obra de Génesis Pérez 

«De las decisiones que tomamos y las repercusiones que éstas nos imponen tarde o temprano. El problema está en el tiempo, en que sea siempre hacia delante y en que se guíe en la causa para dar el efecto. En eso está la base de su perfección y la naturaleza de su inminencia. La decisión y la acción; la acción y el tiempo; el tiempo y el resultado; la alegría si todo sale según lo planeado y la tristeza si es al revés. Pero así es la vida y en algún momento de nuestra niñez entendemos que de esa manera funcionan las cosas, aunque siempre terminamos obviando esa realidad al intentar luchar en contra de la corriente. Aún peor, a veces creemos ser capaces de ganarle al destino, una muestra de esa testarudez con la que venimos al mundo. El punto es ese entonces, la decisión. También están los miedos del pasado, las inseguridades hacia el futuro, el karma de nuestra conciencia; y en el medio nosotros, intentando ser diferentes. Deseando pasar de una manera muy propia a la gloria que propone la felicidad; esa termina siendo la meta final de todo ser humano. En realidad esto termina siendo un impulso mecánico que sentimos con el fin de estar en paz con nuestro exterior. ¿Y qué pasó con el sueño de despertarnos con la misma sonrisa con la que nos dormimos? Esa sería la cosa más bonita que a nadie podría llegar a pasarle pero esa ilusión pareciera ser secundaria en ocasiones.

-Que chimbo vale-



Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

Ya ni recuerdo que año sería aquel en el que paso la cuestión.  He ahí el hecho de que mi memoria siempre sirvió  únicamente para recordar los nombres de las mujeres bonitas que conocía en las fiestas. Entonces como si un huracán invencible pasara por mis devenires ya constantemente agraviados y para que terminase de entrar en el vacío de los vacíos, me transformé en un fantasma. No hablo figurativamente, en efecto sucumbí al mundo de los “no vivos” por varias razones tontas que, unidas en una misma dirección, me llevaron a atravesar paredes. Extraño mirar los atardeceres de mi ciudad y sus carnavales en febrero. Extraño tantas cosas y así esta vida se torna distinta; quizás porque ya no es vida, quizás porque ahora lo es más que nunca. No me preocupa cual será el resultado de todo esto, hace tiempo entendí que podemos luchar contra el flujo de los acontecimientos, pero que el resultado de estos será siempre el mismo.

-Querer creer-


Fotografía obra de Alejandro Hernández.


-¡Mira vale!- me gritó mi amigo Nano.

-¿Qué pasó?- contesté yo frustrado por la acumulación de “cosas no tan buenas”.

-Ríete un ratico, mira que ahora es el momento perfecto para que las cosas salgan bien.

-Fragmento del diario de Quienquiera que sea-



Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

Cuando la sangre se vuelve más oscura porque la rabia nos ha poseído completamente; cuando somos víctimas del momento inhóspito en el que la desesperación es provocada por el abuso; cuando la ceguera se produce por la impotencia; allí, en ese exacto momento, es cuando entendemos realmente la razón por la que existen los actos sin sentido. Hoy me encuentro en un momento decisivo, mi patria fue atacada siempre por un enemigo invisible: la apatía a su realidad. Fuimos todos malheridos sin que en realidad sintiéramos el dolor al momento. Todo porque volteamos a un lado cuando nos pegaban las puñaladas, así fue como pudimos pasar tantos años goteando sangre sin caer. Pero, como ya dije, esa misma sangre hoy ha cambiado. El pueblo es el que, al final de todo, cambia su propio curso. Un pueblo con sangre que aún circula, no podría quedarse de rodillas ante un verdugo. No sé lo que venga, no sé qué será lo que llegue a pasar, pero sé que no hay vuelta atrás al enfrentamiento contra esta quimera de ojos negros. No existirá escondite para los miedos que se materialicen delante de nosotros. Seremos kamikazes de la lucha y del bando que elijamos,  andaremos por las calles ardientes en busca del lugar propicio en donde dar la vida por la causa. Finalmente la guerra nos sorprenderá cualquier mañana de éstas…

-Santificado sea tu amor-



Fotografía obra de Génesis Pérez 

Entre carticas cortas escondidas debajo de un porrón que había en la isla de la urbanización, quedó estancada la historia de amor.  Ésta que había sido bonita desde el principio, con sueños hacia la eternidad y besos que intentaban traspasar al otro individuo amor verdadero, sufría el peor arrebato que podía darle el mundo: la separación obligada por sus familias debido a discrepancias en ideales. Pero qué diferencia más torpe sino esa que ha estado desde siempre atormentando a los enamorados, aquella que disputan las religiones establecidas. De esa forma, Alejandro era de familia católica, de esas que van a las iglesias los domingos y se confiesan ante un cura que probablemente tenga más pecados que cualquiera de sus adeptos. Rosita por su parte, había nacido en una familia evangélica, de los que te hablan de “la palabra” y toman su verdad como si fuese única e innegable.  Desde el momento en que ambas partes se enteraron de la relación, el cuento fue condenado al prejuicio de cada lado. “Esa gente no cree ni en la virgen y tú sabes todo lo que ella nos ha dado con su misericordia” le decía doña Lupe a su primogénito, intentando protegerlo de la amenaza que según ella asechaba los días de éste. Ante los reproches del muchacho, ella sentenciaba “ni siquiera se bautizan mijo”, y allí culminaba todo alegato. Mientras tanto, en la casa de los Ramírez pasaba exactamente lo mismo, doña Idalia le argumentaba constantemente a su hija “una creyente no puede estar con un no creyente y ese muchacho y toda su familia no han recibido a cristo en sus corazones”.

-Barrotes en mi sala-



Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

Me despierto otra vez en el colchón de siempre, con la almohada de siempre bajo mi cabeza, arropado con la cobija de siempre, mirando el techo de siempre. Me levanto de la cama y desde la ventana veo un amanecer que no es mío pero que también es el de siempre: con un sol que aparece radiante e impotente cuando es verano, o unas nubes grises con una lluvia fastidiosa cuando es invierno. Ya nada me sorprende de lo que pasa fuera de estas paredes, todo porque los  hechos verdaderamente importantes para mi ocurren dentro de ellas. Luego de pararme voy al baño, me cepillo y me lavo la cara. Me veo en el espejo y ya no me reconozco, lo que hay frente a mí es un ser muy diferente al que recordaba que yo era. Voy a la cocina y pongo a hacer el café. Con la tasa que conservo desde hace ya no sé cuántos años, me siento en el escritorio de la biblioteca a leer el libro que tenga en ese momento mientras saboreo la oscura bebida que he preparado. Tanto tiempo he tenido de estudiar mi situación diaria, que he llegado a entender que hay dos factores claves que no me han permitido ceder ante la desgracia con la que procede la locura, estos son: los libros que heredé de mi papá antes de que este muriera y (más importante aún) el internet conectado a mi computadora. Con ambas cosas puedo mantener mi conciencia ocupada sin necesidad de moverme de mi sillón preferido.

-Un algo diferente-


Fotografía obra de Génesis Pérez 

Como cuando somos participes de un evento significativo, de algo importante que trascenderá entre las páginas de la historia. Es frente a un acontecimiento de esta naturaleza que podemos vernos a nosotros mismos como protagonistas de una película de la que conocemos el comienzo pero cuyo final aún debe ser redactado. Pensando en tales cosas intento ponerme en los zapatos de los grandes que ya se fueron, de los libertadores, de los sabios iluminados, de los que fueron en contra de la corriente de la sociedad, de los pintores y músicos, de los inventores y científicos; en fin, de los que pudieron ser partícipes de ese algo diferente. Pero entonces me doy cuenta de que hablo en pasado constantemente, como si estuviese narrando la cuestión durante el último día de la humanidad y ya no haya posibilidad alguna de continuar con esta bonita telenovela que constituyen los acontecimientos de nuestra raza. He ahí como se demuestra la inclinación humana hacia el drama y lo extremista, esa que hemos llevado los hombres desde siempre. Volviendo al tema inicial, ese sentimiento de adrenalina que ha de sentirse al construir una acción trascendental debe ser el clímax máximo de las experiencias vividas. Pero no puedo dejar de pensar tampoco si acaso aquellos que constituyeron grandes segmentos de la historia de un pueblo o cierta cosa, supieron en su momento lo que estaban haciendo. Considero aburrido morir sin siquiera conocer el alcance que tuvieron nuestros actos o si estos han sido realmente importantes para determinados grupos de gentes. Pensándolo mejor, este punto es descartado de mí análisis debido a que ya hace tiempo comprendí que éste no es más que otro factor en la travesía del ídolo. Me explico: así como el mártir vive y muere por una causa que considera noble, éste no lo hace por el fin de pasar a la gloria sino por la decisión consiente de considerar dicha acción vale su esfuerzo. En fin, colándome en este subtema al que llame “Lo que se hace sin saber porque se hace” (muy original, lo sé), debo introducir el hecho de que la fuente del acto propio esté sujeta a la naturaleza básica que propone la ley de la polaridad: positivo y negativo. Tomando en cuenta al segundo, ese algo diferente que se lleve a cabo en la historia podría bien estar definido por una causa que sea perjudicial para los que nos rodean. Tal hecho no solo sobrepasa el espacio (como por ejemplo cuando nuestros impulsos dañan a seres que están incluso muy lejos de nuestras decisiones) sino también al tiempo (como cuando nuestros impulsos dañan a las generaciones predecesoras). Explicándome de mejor manera, mis dudas no solo se centran en lo extraordinario que debe ser el conformar parte de un acto cambiante que modifique lo establecido para bien, sino también el mismo hecho pero haciéndolo para mal.

-El olor de mi rosario-



Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

En el cielo no había nubes, no había un sol, no había nada de eso. En el cielo había una obra de arte en construcción compuesta por colores que se entremezclaban maravillosamente en pleno atardecer.

-Azules ojos-

Fotografía obra de Génesis Pérez 

La primera vez que la vi no presté gran atención a lo que hacía. Era una niñita con un vestido blanco que caminaba descalza al calor del mediodía. Me pareció extraño no verla con algún adulto a su lado pero no tenía tiempo que perder deteniéndome, debía asistir a una reunión muy importante y si me demoraba seguro tendría problemas con mis superiores. La reunión se llevó a cabo como siempre y fui capaz de concretar ese mismo día un negocio que llevaba tiempo persiguiendo. Esa noche pasé por el bar del edificio en el que vivía  a tomarme una copa de vino para relajarme por el estrés del trabajo. Estaba en la barra cuando volteé hacia un sector del lugar y allí estaba otra vez la niña con el vestido blanco. Me miraba concentrada en lo que yo hacía, continuaba descalza y la gente pasaba a su lado sin siquiera reparar en su presencia. Con ese segundo encuentro mi sorpresa pasó a un primer plano. La niñita era rubia y no debía de pasar de los diez años, tenía la mirada de inocencia que despiden los pequeños antes de toparse con el mundo. Yo no podía creer aquello, ¿acaso vivía en mi conjunto residencial? Las coincidencias existían pero aquello iba más allá. Decidí irme inmediatamente del sitio sin ni siquiera voltear a ver una vez más a la pequeña. Por alguna razón, que no podía entender, su presencia me incomodaba, como si no fuese algo común y corriente el hecho de que una pequeña niña me encontrase dos veces en un día.