-Puyar de orejas-


Fotografía obra de Alberto Rojas. Fuente Original: Caracas Shots

Iba distraído viendo la ciudad pasar desde la ventana del bus. No me fijé en quién me acompañaba sentado al lado hasta que el pasajero exclamó:


-Las nuevas generaciones se echaron al pico esta ciudad, el estado y la nación entera- se trataba de un señor de unos 60 años con cara de enojo. La suya era una forma curiosa de abrir la conversación. O quizás solo estaba pensando en voz alta, sin querer que alguien le respondiera. Yo respondería por heredar de mi mamá el hábito de hablar con extraños siempre que la oportunidad se presentase.

-Son tiempos difíciles- le dije.

-Tiempos difíciles- contestó con sorna- ¡Es que tampoco saben qué es eso hoy en día! Cuando yo estaba chamo sí que nos la veíamos mal y aun así logramos echar este país para adelante. Ahora tienen todo y solo destruyen, contaminan y actúan como patos, a donde llegan se cagan.

Preferí no responderle nada para no darle más cuerda. Molesta que las personas mayores solo subestimen a las nuevas generación. La mía, por ejemplo, que crecía en este laberinto de Creta caribeño en el que solo se anhelaba una salida y se evitaba al minotauro. ¿Cómo podían subestimarnos? Si a los tiempos difíciles no habíamos llegado, ¡en ellos habíamos nacido!

-Por cierto muchacho, no te ofendas pero el que se deja puyar las orejas se deja puyar otra cosa…- inquirió haciendo referencia a mis sarcillos.

-¿Ah sí?- respondí sonriendo- Entonces debería buscar la forma de que a usted también le puyen las suyas, y lo otro también.

Pensé que el tipo se molestaría e iba a insultarme o a escupirme, cualquiera de esas cosas. En cambio pareció hacerle gracia mi comentario. No trató de pelear ni dijo nada más por un buen rato. Mientras el bus continuaba avanzando por la zona industrial e iba rumbo al centro.

-Tienes que entender- dijo calmadamente, la rabieta parecía habérsele pasado- En el pasado luchamos contra tantas vainas, dictaduras, injusticias; por eso duele mucho ver que todo eso haya sido en vano.

-Los jóvenes no tenemos la culpa de lo que pasa.

-Quizás sí ¿sabes? No por causar el daño, sino por no hacer nada y permitir que continúe.

-¿Nada como qué? ¿Quemarlo todo y rehacer las cosas de las cenizas?- dije con toda la ironía que pude reunir.

-Bueno, al menos metafóricamente esto ya se está quemando. Y no, no me refiero a eso, lo que dices sería muy fácil. Lo complicado es crear, cambiar, educar, no destruir.

A pesar de que me caía mal por el primer encuentro, el viejo tenía razón. Esta vida era una rata. Años de caminar con miedo por las calles; de hacer colas enormes para mendigar comida o medicamentos; de pagarle a la policía para que no pudiesen joderte; de no poder visitar Margarita en las vacaciones. Años sin la posibilidad simple de trabajar duro, comprarte un clásico apartamento caraqueño y exhibir en su sala fotos desgastadas de los niños. Yo ni siquiera tenía niños, menos aún ganas de tenerlos. Solo tenía ancestros muertos que seguro se decepcionaban de su descendencia. Ciertamente todo había sido cagado. Nosotros lo ciudadanos más que nada.

El hombre se bajó en una parada cualquiera y como despedida agregó un “que tenga buenos días”. Cuanta ironía tenía la oración, más porque eran las 3:00 de la tarde y el cielo estaba nublado, trágico. Yo solo pensaba en mi vida, en que no quería emigrar, en sueños y amoríos en plena crisis. Se pasó mi parada. Seguí sentado, sin querer bajarme, intentando refugiarme de aquel perro con hambre que era esta realidad. Continuaría allí hasta que lograse entender algo o se montase un grupo de malandros, robasen el bús y me sacaran del trance.