-Diphysa punctata-


Fotografía obra de Juan Mattey. Fuente original Flickr

Viejo canoso en sillón acolchado.
Habla a la cámara.
Comienza la grabación.

Accedí a hablar por este medio porque Federico Villegas, un gran amigo, me pidió unas palabras que inspirasen a la generación actual de artistas. Bueno, al fin no me negué, uno debe dejar de ser terco de vez en cuando. Por eso estoy aquí con ustedes. Mi nombre es Mauricio de la Parra, muchos dicen que soy artista, yo solo aseguro que tengo sesenta y tres años.


Intenté pensar en ideas e imágenes que logren actuar contundentemente, cambiar por lo menos a una persona. Como no soy bueno motivando, hablaré de mi vida. Todos tenemos un momento en el que queda dividida nuestra existencia en dos.. El mío se dio en el divorcio de mis papás cuando tenía quince años. Un día cualquiera me vi solo en una casa que parecía un desierto y con la responsabilidad de hacerme cargo de mi hermanito. Mis papás no fueron malos pero no supieron manejar la ruptura. Él se fue del país, ella se refugió en el trabajo. Demasiada confusión y desconsuelo para un adolescente tonto como yo.

Sobreviví como cualquiera sobrevive. En mi caso encontré un lugar seguro en mis escritos. Quince años parecen muy pocos para que alguien comience a escribir. Ni siquiera pensaba en ello. Intentaba cuentos, reflexiones, prosa. Intentaba cualquier intento. No tenía computadora entonces lo hacía en cuadernitos que yo mismo armaba con papel y grapadoras. Siempre salía con un morral para guardarlos junto a un lapicero  y el libro que estuviese leyendo.

En cuanto a este último punto, los libros, es difícil que yo hable de autores favoritos o de cuáles obras creo sobresalientes. He leído libros desde los seis años y admiro y respeto cada libro que ha pasado por mis manos desde entonces. Sin embargo, no soy apegado a ellos, no me hato a su figura como la mayoría de las personas. Los libros son libres, deben serlo para cumplir con su misión en este mundo. Si presto uno y no me lo han devuelto, no lo pido. La primera vez que me fui del país tuve que dejarlos todos, lo hice sin lloriqueos ni tristeza.

Hablando de eso, la ida del país, ocurrió cuando tenía veinte. Me sirvió para aumentar la línea creativa que a esa edad ya creía tener. Cuando uno viaja el alma se amplía,  se encienden nuevas luces. Son procesos inevitables realmente, uno no los busca ni entiende muy bien cuando están pasando. Se ve reflejado en las obras a través del tiempo. Ellas no olvidan, se empolvan, pero nos recuerdan lo que fuimos y somos.

Creo que ya me he demorado mucho sin decir nada realmente importante. A ver, para mí el arte es cualquier tipo de expresión creada por el hombre en su afán por comunicar, a través de un lenguaje, aquello que siente tangible: hechos sociales, historias, por ejemplo; y lo intangible: pensamientos, miedos, Dios, etc.

Yo no creo en el crítico profesional, tampoco en sus palabras. Creo en la obra en sí misma, bastándose, existiendo fuera de los límites de cualquier opinión positiva o negativa. Por lo general critico a los críticos, sí, pero por no ponerse en el lugar del artista, por querer hablar externamente de algo visceral como las obras. Pero tampoco, debo confesar, disfruto mucho de ir a las exhibiciones, tomas culturales, proyecciones, salas de arte, etc, en donde muchas veces debo fingir una atención inexistente que bien podría ser dada incondicionalmente por un crítico. En tal caso, soy bastante hipócrita.  

Los miedos son importantes para todo creador, por eso creo importante mencionar los míos. El primero es la cárcel, un terror dejado en herencia por mi abuelo paterno. No el sitio por sí solo, sino la privación de libertad que supone. En segundo lugar está el egocentrismo que conlleva el conocimiento e intelectualidad y, por último, la locura que arrastra el arte por naturaleza y la amenaza tangible de perder la cabeza por ceder ante las musas.

Dejé los temores al final de esta descripción porque quise mostrarme vulnerable, humano, tan real como aquel que vea esto. No sé si logré generar algo con mis palabras y pienso que fueron más valiosos los momentos de silencio que guardé mientras pensaba. Mi amigo Federico sabe que nuestra generación no rinde muchas cuentas, que menos aún intenta salvar algo. Pero la que verá este video, debe saber que hay cosas más importantes que la técnica y el concepto. Como las nubes, los ríos, un beso o el olor de las semillas de Sarrapia, y que todas esas cosas, al mismo tiempo, son algún tipo de arte infinito.
Fin de la grabación.
El viejo sonríe.
Negro.