-Marcas invisibles-


Fotografía obra de Juan Mattey. Fuente original Flickr

Esto parece un sueño, demasiado onírico y radiante para ser verdad. Pero está pasando, se encuentra frente mí y yo frente a ella. Recostados casi al borde de la cama,  junto a un abismo del que podríamos caer sin que importe el golpe con tal de que sigamos juntos en el suelo.


Me mira y, bueno, tiene unos ojazos negros, brillantes y profundos; bonitos como una noche mágica, adornados por pestañas que han sido onduladas con un tipo de maquillaje cuyo nombre no recuerdo. Y qué hago yo pensando en maquillaje si al fin estamos aquí, respirando el mismo aire. La estuve esperando durante tantas vidas y ahora no sé ni qué decir.

Seguro tengo cara de pendejo y… ¡Oh, mierda! Está sonriendo. ¡¿Por qué sonríe?! Pues porque tengo cara de pendejo, por qué más sería. No debe saber que estoy nervioso. Pero esa sonrisa, esos ojazos, su cabello teñido de aurora boreal, todo su paisaje me hace temblar. Y ahí viene. ¡Oh, mierda! Ahí viene… Y ahí voy. Me lanzo a lo desconocido, a la oscuridad de su noche mágica.

Se da el primer contacto: un roce entre narices que se esgrimen. Cierro los ojos como un acto reflejo, vuelvo a abrirlos, veo cómo ella ha cerrado los suyos, me maravillo. Entonces no sé de qué manera seguir, cualquier intento podría resultar en mi contra y dañar la magia del momento. Es mejor seguir así, juntos pero no tanto. Ella, sin embargo, rompe el silencio y le habla a mi miedo con un sutil “¡Coño, bésame!” que me da a entender que su deseo es el mío. Ahora soy yo el que comienza sonreír.

Voy buscando sus labios con la energía del frenesí emanando de mis poros. La beso por primera vez, luego de esperarla tanto, de anhelarla con todas mis fuerzas. Y la candela se hace llamarada y en el medio estamos nosotros: besando, mordiendo, lamiendo, tocando. Se va yendo la ropa con furia e impaciencia. Tiemblo con mayor fuerza, ya no me importa que se dé cuenta. Al fin, casi sin percatarme, ya está desnuda. Bonita, dulce, mía. Quizás esto sí sea un sueño. Es imposible que cada línea, cada tono de color, cada forma, posean el extraño enigma de parecerme perfectos.

Y hacemos el amor, y el amor nos lleva a otra dimensión, y en otra dimensión nos perdemos y encontramos, nos unimos al punto en el que trascendemos de nuestra condición humana tan limitada y solitaria. Somos algo más.

Me siento tan vivo y quién podría asegurar que no estoy muriendo. O quizás solo estoy agonizando y no me queden más horas en este mundo que las que tendré mientras estoy en su interior, a tal punto de unión que es difícil reconocer quién es quién o qué es real y qué es fantasía. En esta melcocha corporal con olor a romance dulce y retostado, me uno tanto a su conciencia que recuerdo sus recuerdos, pienso sus ideas y descubro sus sueños más secretos.

Siento cómo sus ojazos me apuñalan el cuerpo hasta llegar a mis vísceras. En serio, puedo ver las mariposas saliendo de la herida y volar libres por el cuarto. Mi boca y mi lengua escudriñan su alma como los primeros seres recorrieron este mundo, será porque ella es el mío. Y no se queda atrás. Me muerde, me nombra, me amarra con sus dedos y yo no tengo salida, no quiero tenerla.

Entre nalgadas, apretones de cobijas, gemidos, groserías, demandas, peticiones, cariño, sabores, olores, cachivaches, transformaciones, desdoblamientos y hechizos antiguos llenos de excitación y ternura, terminamos en la pequeña muerte que es el orgasmo verdadero, ese al que solo la persona que realmente te ama puede llevarte. Todo para quedar solo otra vez, abandonado pero sin arrepentimientos por haberme entregado  libremente.

Volvemos al año en curso, al segundo que corre. Me sigue mirando con la misma expresión radiante, sonriente, de diosa. Para este punto ya solo somos imaginación. Pienso en que el amor deja marcas invisibles en la piel, en que no se puede repetir con nadie algo como lo que acabo de vivir. Ahora mi destino está atado al suyo por el resto de mis días; por ahora agradezco que su olor haya quedado vigente en mis sábanas. Hay muchos amores, ciertamente, pero solo uno es el de la vida.