- Pretérito imperfecto-


Fotografía obra de VARL Audiovisual

Dicen que cuando caminaba levantaba tras cada pisada las hojas secas del suelo. La gente inventa mucho, la verdad es que uno ni siquiera podía ver lo qué había a su alrededor, no era posible enfocar el fondo más allá de su contorno. Otra cosa cierta es que le gustaba ver el cielo nocturno, nombrar sus estrellas e identificar las constelaciones. Júpiter, Spica, Orión, Tauro. Creía en el efecto que causaban los astros con una solemnidad devota.  Tal vez por eso era como una lechuza, vivía de madrugada y dormía de día. Esto último con la delicadeza de una doncella medieval, pero también con el ceño fruncido, por si acaso alguien llegaba a dudar de su carácter. Cuando despertaba se estiraba como un gato y cerraba los ojos con fuerza, solo para volver a esconderse entre las sábanas buscando a Morfeo un rato más. Es la única persona que he conocido que recordase de tal forma sus sueños, con un nivel de detalle ínfimo e incluso difícil de creer.


Se declaraba ciudadana del mundo, tan libre como la libertad en sí misma, sin creer en las barreras de las naciones o pueblos, siendo su propio hogar. Iba de aquí para allá usando vestidos bonitos con motivos de cerezas y flores, o botas de cuero para cazar vampiros o blusas estampadas con gatos, con cruces o con más constelaciones. Y daban con ella todas las miradas y  le silbaban en la calle pero ella a nadie prestaba atención, solo quería recorrer este y todos los planetas.  Coleccionaba palabras de lenguas lejanas que definían conceptos complejos y específicos para usarlos seguramente en algún tipo de magia ancestral.

También le gustaba cantar y quien lograse escucharla podía llegar a percibir en su voz el eco de las olas; de hecho, si su interpretación era apasionada, el agua llegaba a mojarle los pies al público. Sus chistes y ocurrencias tocaban dimensiones sin límites. Era filosófica, intelectual y analítica sin dejar de disfrutar de las películas animadas o de superhéroes. No dejaba de ser doncella cuando pasaba a andar en bicicleta o en patines en línea por toda la ciudad. También era diestra en los juegos de mesa y especialista en degustar hamburguesas, pizzas, helados y cafés fríos. No le importaba nada más que disfrutar la vida. Y en ese tipo de actos comunes demostraba cuán diferente era. Como ella no existiría un ser más sincero en los próximos mil años. Aunque se cuestionase a sí misma o no se diese el mérito que merecía, todos a su alrededor entendían cuán grande era su grandeza, y en eso no hay ninguna redundancia. Demasiada bondad y amabilidad para ser de nuestra raza.

Y ahora qué hago hablando en pasado si ella nunca ha dejado de estar aquí, conmigo. Siento que seguimos juntos aunque la distancia sea tan grande y no podamos hablar constantemente. Qué hago yo hablando en pasado si continúa intacto el cordón rojo que nos une. Pues la cuestión es esta: me expreso en pretérito imperfecto porque entiendo que las acciones aún se desarrollan en ese pasado al que huyo para poder verla. Así vuelvo a disfrutar su sonrisa en las fotografías de antaño, consigo escuchar sus historias repetidas o enterarme qué cenó hace muchas cenas. Cuánto se sufre y cuánto se llora anhelando a alguien, y más aún, si se trata de semejante criatura.