Reportaje: Relatos de Acero

Creo que muy pocas veces (quizás ninguna realmente) he mencionado cuál es la carrera que estudio. Pues bien, acá el misterio revelado: curso los últimos semestres de Comunicación Social. En el pensum de mi Universidad, luego del ciclo básico el estudiante opta a dos especializaciones, de esa forma, puedo decir orgullosamente que he concluido la primera de estas, la Concentración de Periodismo. Entonces, ¿soy un periodista? La verdad no lo creo. Algo que sí he dejado claro antes es la necesidad de practicar con disciplina un oficio a fin de ser conocido como alguien que lo represente. La única vertiente del periodismo en la que me he involucrado ampliamente es el periodismo institucional, es decir, su lado más corporativo. Tomando en cuenta esto, culminé exitosamente la Concentración de Periodismo con la aprobación de mi trabajo final el cual se centró (y cómo no) en una de los íconos de mi Ciudad Guayana: La Siderúrgica del Orinoco C.A (Sidor). 

Quise mostrar a las personas de nuestra olvidadiza actualidad, aquellas que no apartan los ayeres por lo vertiginosos de los ahoras, que existió una época distinta de progreso e innovación en la que el sector industrial de Guayana se levantó y colaboró en la formación de una Venezuela mejor. En este proceso, hombres y mujeres dieron su esfuerzo e ingenio para lograr que una empresa como Sidor lograse en la década 1970 metas increíbles. Les presento el reportaje Relatos de Acero, espero que aquellos que se tomen la molestia de leer estas páginas den con verdades desconocidas.


Ya no quiero verte más


Fotografía obra de Alberto Rojas. Fuente Original: Caracas Shots

-Creo que tuvo suerte de morir esta noche.

Memorias anticipadas


Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

La primera vez que vi a John yo debía tener 19 años y él tres más. Fue en un cortometraje universitario  en el que estuve como extra y él quien lo grabó. Recuerdo que llegó tarde, o quizás yo lo hice demasiado temprano. Pero esa no fue la vez que nos hicimos amigos sino mucho tiempo después; sea como sea, fue una suerte. Rara vez hablábamos de la muerte y otros temas importantes. Preferíamos películas, música y animes trascendentales. Siempre admiré su forma de ver el mundo y sus capacidades de abstraerse del entorno. Aún nos puedo ver recorriendo carreteras con destino a Puerto la Cruz, a Caracas, a su Ciudad Bolívar desde mi Puerto Ordaz. John llegó incluso a ser mi profesor en la cátedra de Cine de Ciencia Ficción y las ideas de aquel curso florecieron en Into the Blue, otro cortometraje, con él como director, yo como uno de los guionistas y ambos actuando. Durante aquel mismo período de tiempo también fue corrector de mi segundo libro y hasta diseñó su portada. Una puta locura. No sé de dónde sacábamos tanto tiempo pero exprimimos la savia a nuestra juventud. Hicimos, deshicimos, y volvimos a hacer un montón de chécheres que ya son historia.  Pero jamás faltaron las comiquitas o las nuevas series que iban saliendo, el contarnos nuestras cosas o acompañarnos en las desventuras amorosas que cada uno tenía.  Aunque yo ya tenga mucho tiempo sin fumar, extraño los cigarrillos nocturnos en el balcón de su apartamento de Alta Vista. Extraño también las cervezas frías, los dulces, los almuerzos de pasticho o pasta a la suiza que compartíamos. También extraño a Vero, a Pancho, a Samuel y tantos otros amigos. Sufrimos el destino de las generaciones fracturadas, de los aviones de papel en medio del huracán. Pero John me decía que todo saldría bien, que yo mismo se lo había dicho muchas veces antes. Ahora que lo pienso, el escribir memorias anticipadas hace parte de eso: reivindicarme que las cosas resultarán de mejor manera, que lograremos sobrevivir.


Vacaciones


Fotografía obra de Alberto Rojas. Fuente Original: Caracas Shots

Vuelvo a meterle mano a la casa. En todo sentido, desde el artístico hasta el sexual. La camino y la recorro. De la sala a la cocina, de la cocina al cuarto. Paso horas en el baño acostado en la ducha y otras tantas en el patio viendo los cultivos de mi mamá. La mata de plátanos, la de lechosa, los sueños debajo de la tierra echando raíces, esperando germinar. Solo puedo andar mi hogar cuando estoy de vacaciones. Cuando ya he salido de los traumas de la monotonía o los compromisos estériles del trabajo y los estudios. Entonces se restablece esta relación con la casa, una que es intrínseca, visceral, y algo pendeja, incluso. Ella está llena de muertos; esos seres que fui en el pasado se descomponen bajo la cerámica. Como el adolescente de 15 años que se iba a visitar otros barrios en bicicleta, cuando estos aún se dejaban, cuando no eran tan rabiosos. O ese otro muchacho de 19 que pintaba acuarelas que luego pegaba en las paredes para disfrute de nadie. O el que migró lejos buscando nuevas cosas y terminó apreciando las más viejas. O el amante, el terco, el borracho vomitivo, el nostálgico callado. Todos por aquí, por allá. Algunos con vírgenes de yeso sobre las tumbas, otros con cruces de palo. Pero todos, de alguna manera, reviven en vacaciones. Y reviso los libros leídos y ordeno los papeles rayados.  Tomo café con leche, alimento a la gata o lloro con alguna película en la tv. Y veo por la ventana la lluvia caer y los niños afuera que se mojan unos a otros pateando los charcos. E intento pensar en cómo cambiar mi vida, para luego aceptarla tal cual es. Como esta casa que tiene goteras y ventanas rotas pero no deja de ser cálida. Entonces este sitio pasa a ser una metáfora existencial, una prueba tangible de que somos sobrevivientes e inmortales. Cuántas anécdotas guardarán las casas de esta tierra que han visto a los tiranos pasar frente a sus porches. Esos tiranos que amenazan tirarles las puertas a golpes buscando jóvenes en sus entrañas para llevárselos y desaparecerlos. Esos jóvenes, pobres jóvenes. Los entiendo como ellos me entienden. Una relación como la que existe con las casas, seguramente. Así como esta que sabe que debo limpiarla, pasarle una escoba y un coleto o mi mamá me regañará. Pero eso no importa tanto, el verano apenas comienza y al fin tengo tiempo para perder. 


Chega de Saudade | Clara Cover

Clara me regaló esta canción en abril y yo le regalé esta acuarela en mayo. Es una bonita historia.



-El extrañarme-


Fotografía obra de Juan Mattey. Fuente original Flickr

Extrañar es una desgracia.
Pero a mí me gusta extrañarte.
La ausencia que me dejas.
Tu lado vacío en la cama,
los flashes de tus ojos que me han dejado ciego
y el eco de tus canciones en el aire del cuarto.
Me gusta cuando te vas y no te tengo.
El anhelarte con euforia,
con locura,
con tristeza y ansias de que vuelvas.
Soy el amante más grande que has tenido,
también el más raro.
No quiero encerrarte para mí solo.
Prefiero verte libre bailando,
prefiero que deslumbres a todos con tus pestañas.
Porque en la libertad te siento más mía que nunca.
Y yo soy tuyo aunque no pienses en eso.
Lo seré así no quieras.
Disfruto cuando te vas al trabajo y estás apurada por el retraso.
Cuando veo la última estela del batir de tu pelo al salir de la casa.
Tiene belleza la desgracia de que te alejes.
Tu olor a bosque llenando la sala estando tan lejos.
Lejos, como ahora.
Y te evoco, te invoco, te convoco.
Ya sea en fotos del celular o en pensamientos que miran el techo.
Ya sea en el espejismo de tu risa detrás de la puerta.
o el fantasma de tus manos cuando apago la luz.
La verdad es que eres más mía cuando menos te tengo.
Muy mía, tan mía.
Y lo repito como idiota porque sí.
Yo soy tuyo hasta siempre.
Mis lunares, mis venas agitadas.
Y me desconsuelo buscándote en los cielos coloridos de esta ciudad.
Me gusta extrañarte.
Recordarte.
Soñarte.
Sentirte en las vísceras aunque no estés.
Aunque escuche las llaves girando el seguro
y te vea volver llorándome.
Porque ya no estoy vivo.
Y tú sufres el extrañarme.