Vacaciones


Fotografía obra de Alberto Rojas. Fuente Original: Caracas Shots

Vuelvo a meterle mano a la casa. En todo sentido, desde el artístico hasta el sexual. La camino y la recorro. De la sala a la cocina, de la cocina al cuarto. Paso horas en el baño acostado en la ducha y otras tantas en el patio viendo los cultivos de mi mamá. La mata de plátanos, la de lechosa, los sueños debajo de la tierra echando raíces, esperando germinar. Solo puedo andar mi hogar cuando estoy de vacaciones. Cuando ya he salido de los traumas de la monotonía o los compromisos estériles del trabajo y los estudios. Entonces se restablece esta relación con la casa, una que es intrínseca, visceral, y algo pendeja, incluso. Ella está llena de muertos; esos seres que fui en el pasado se descomponen bajo la cerámica. Como el adolescente de 15 años que se iba a visitar otros barrios en bicicleta, cuando estos aún se dejaban, cuando no eran tan rabiosos. O ese otro muchacho de 19 que pintaba acuarelas que luego pegaba en las paredes para disfrute de nadie. O el que migró lejos buscando nuevas cosas y terminó apreciando las más viejas. O el amante, el terco, el borracho vomitivo, el nostálgico callado. Todos por aquí, por allá. Algunos con vírgenes de yeso sobre las tumbas, otros con cruces de palo. Pero todos, de alguna manera, reviven en vacaciones. Y reviso los libros leídos y ordeno los papeles rayados.  Tomo café con leche, alimento a la gata o lloro con alguna película en la tv. Y veo por la ventana la lluvia caer y los niños afuera que se mojan unos a otros pateando los charcos. E intento pensar en cómo cambiar mi vida, para luego aceptarla tal cual es. Como esta casa que tiene goteras y ventanas rotas pero no deja de ser cálida. Entonces este sitio pasa a ser una metáfora existencial, una prueba tangible de que somos sobrevivientes e inmortales. Cuántas anécdotas guardarán las casas de esta tierra que han visto a los tiranos pasar frente a sus porches. Esos tiranos que amenazan tirarles las puertas a golpes buscando jóvenes en sus entrañas para llevárselos y desaparecerlos. Esos jóvenes, pobres jóvenes. Los entiendo como ellos me entienden. Una relación como la que existe con las casas, seguramente. Así como esta que sabe que debo limpiarla, pasarle una escoba y un coleto o mi mamá me regañará. Pero eso no importa tanto, el verano apenas comienza y al fin tengo tiempo para perder.