Enrique, el perro


Fotografía obra de Alberto Rojas. Fuente Original: Caracas Shots

Hace mucho tiempo me sentí bastante solo, por ello tuve la idea de adoptar un perro al que llamé Enrique. No buscaba una mascota, quería un amigo. Por eso no fue Dobby ni Firulais, su nombre debía ser lo más humano posible para que me entendiese cuando le hablara.


Enrique era un bonito Golden Retriever,  una estirpe proveniente del Reino Unido, específicamente de Escocia. De pequeño era distraído y juguetón, actitud que fue dejando atrás conforme pasaron los años. Ya de adulto, disfrutaba la quietud de la sala con el aire acondicionado funcionando. También le agradaba la pelota de tenis que sobrevivía de mis días de jugador. La traía hasta mí con la boca y la dejaba caer a mis pies chorreando baba. No me daba asco, la tomaba, limpiaba y se la lanzaba. Él iba en su búsqueda como si nunca antes hubiese vivido aquella secuencia, con la misma alegría de las primeras impresiones.

Enrique era un buen oyente. Le hablaba de todo: mis sueños, mis clases, mi vida amorosa; él se limitaba a verme con sus ojos marrones y luego posar la cabeza en el piso. Siempre me pregunté si captase de alguna manera (con el olfato, quizás) cuando me encontraba triste o deprimido, ya que expertos aseguran que los perros tienen esa facultad. Sea como sea, Enrique se limitaba a escucharme y a acompañarme. Estábamos juntos pero no revueltos, algo difícil cuando se trata de perros. Ellos siempre quieren ser humanos, comer lo que comemos, llorar si no se les presta atención. Aquel rubio, en cambio, me daba mi espacio, no se involucraba demasiado. Permitía que yo dijese groserías cuando pasaba por algún enojo, dejaba que llorase o me concedía el derecho de querer morir de vez en cuando. Conocía tan bien mis dramas, sus secuencias y mecanismos, que no intentaba hacer algo al respecto; entendía que tarde o temprano me cansaría, dormiría y al día siguiente estaría mejor. Cuando amanecía, subía hasta mi cama y me despertaba lamiéndome la cara. Creo que nunca le di las gracias por aquellos gestos.

Esto, sin embargo, no es un recuento general  sobre un perro y su amigo (no me gusta la palabra “dueño” o “amo”), sino que esto es el desenlace dentro de la historia. Pues yo me fui de la ciudad cuando cumplí 17 años, terminé el bachillerato y debía comenzar la universidad. En aquel momento todo era emoción ante la aventura que veía. Me veo a mí mismo saliendo por la puerta principal de la casa, mi papá ayudándome con las maletas y mi mamá lloriqueando y regañando a mis hermanos por reírse de ella. En aquella tómbola de expectativas hacia un nuevo destino, logré vislumbrar un haz de luz dorada que pasaba por la cocina. Le pedí unos segundos a mi papá y este ni siquiera me prestó atención por unirse al regaño contra mis hermanos. En la canasta junto a la nevera se encontraba recostado Enrique. Ya veterano de las guerras caninas, levantó la cabeza al oír mis pasos. “Me voy”, le dije, y se quedó ahí, mirándome, sin emitir sonidos conmovedores como en las películas, sentenciando con su silencio el transcurso de nuestra amistad.

Al irme no lloré como mi mamá, sabía que volvería a ver a la familia tarde o temprano, pero algo me decía que con Enrique sería diferente, que algo se perdía desde el momento mismo en el que yo emprendía mi viaje, que no volvería a verlo. Entendí que, al irme, algo de mí se quedaba en aquel animal. Quién sabe qué pensaría él, qué sentiría,  si me recordaría al pasar los años pensando que ya no tenía a nadie para escuchar y dar lecciones encriptadas en silencios espectantes. Busqué un perro para que fuese mi amigo y lo único que desearía saber ahora es si yo logré a ser el suyo.