Las musas o lo que sea


Fotografía obra de VARL Audiovisual

Pasaron varias noches para que Rigoberto pudiese darse cuenta de que le estaba costando dormir. Él, un tipo de sueño fácil, ahora se encontraba a sí mismo en la cama a la una, dos, tres de la madrugada sin rastro de un picor de ojos, de un bostezo siquiera que lo sedujese.


La situación se debía a la crisis que atravesaba desde algunas semanas atrás y que interfería en su proceso creativo pues Rigoberto era escritor, uno no muy reconocido pero que al menos disfrutaba lo que hacía. Ya no le salían las palabras como antes ni pasaba de algunas líneas sin sentido llenas de alusiones a la crisis social que atravesaba su país y saturadas de adjetivos calificativos y criollismos.

Su trabajo arrancaba con la escritura a mano y para aquel momento era tan grande la frustración que con solo garabatear algunas letras se desesperaba, arrancaba y arrugaba la hoja y se la metía a la boca. Luego la escupía y enterraba en el patio de la casa. Había repetido ese ritual profano por lo menos cinco veces en los últimos 20 días.

Desconocía las causas de lo que pasaba y no podía encontrar una solución a su estado. Ahora también experimentaba aquel insomnio agotador y pesado que lo llenaba de ansiedad. Qué será, se preguntaba, esperaba un rato pero la respuesta no llegaba.

Intentó emplear su tiempo en la búsqueda de nueva inspiración escuchando música, pintando, andando por la ciudad. Pero poco a poco aquellas cosas también lo fueron llenando de miseria y rencor. Terminó rompiendo los discos, los lienzos e insultando a la gente en la calle hasta que se topó con un tipo más grande que él que le partió la nariz de un golpe; entonces también dejó de salir y se convirtió en un náufrago en sociedad. Quedó aislado del mundo y sin ganas incluso de hablar consigo mismo.

Y allí estaba esa noche de junio, desolado, con la barba de 13 días sin cortar y tres de no bañarse o eso al menos creía recordar. Sin poder dormir, pero tampoco buscando hacer algo productivo. Pensó en la cercanía de los poetas a la desdicha, en cómo estos estaban tan relacionados con la locura o la muerte. Y se dijo a sí mismo que él de todas formas no era poeta, que era un escritor poco reconocido y sin mucho estilo que vivía en una ciudad industrial en la que nadie se preocupaba de promover la literatura o la cultura en sí misma. Y se sintió desdichado, el hombre más desdichado, al punto en que se puso a llorar sin quererlo. Se dio su tiempo para saborear su tragedia, luego se paró de la cama, se acercó a la ventana de su apartamento y encendió un cigarrillo. Vivía en un décimo piso, si él fuese un poeta -y no un poeta cualquiera sino un gran poeta que hubiese llegado hasta ese punto en el que él se encontraba- seguramente la idea de lanzarse habría sido buena. Al menos dejaría su obra para que fuese evidencia de sus días de talento, pero él no era poeta ni tenía una obra trascendental. Era un pobre diablo fumando junto a una ventana.

Entonces pensó que ya no tenía nada, que probablemente nunca había tenido algo. Apagó lo que le quedaba de cigarrillo y fue hasta la laptop que tenía en el escritorio, la prendió y  saltándose la escritura a mano, empezó a escribir la historia de un tipo desafortunado que había perdido la inspiración, las musas o lo que sea. Más que un cuento, resultó una especie de confesión narrada como si le hubiese pasado a otro. Por último, se aseguró de cambiar el nombre del protagonista para que sus lectores no supieran lo cerca que él había estado de suicidarse.