Jimmy de Jimmy’s



Fotografía obra de VARL Audiovisual

Desperté desorientado y con dolor de cabeza, me senté y reconocí que estaba en el cuarto que alquilaba. Fui hasta el baño, me lavé la cara e intenté estabilizarme ante el mareo pero se me vino el vómito y pasé abrazado al retrete los diez minutos que siguieron, aunque quizás fueron más. Volví a la cama y mirando el techo comencé a recordar la vida que había dejado atrás hacía tantos años.




En esa vida yo trabajaba de pianista en el Jimmy’s, un bar que olía a tabaco y colonia barata y en donde me pagaban con cigarrillos; ese destino, el de los músico en bares, puede ser muy duro. La gente no tardó en comenzar a llamarme Jimmy y con el tiempo yo también olvidé mi verdadero nombre; pasé a ser Jimmy de Jimmy’s, el moreno que tocaba en el piano Tin Tin Deo o Manteca, canciones del gran Chano Pozo. En general eran puras cosas cubanas porque mi espíritu se sentía más de esa isla que de cualquier otro lugar.

Pero estaba muy lejos de La Habana, en algún punto perdido del caribe venezolano. El bar quedaba frente a una playa llamada Puerto Viejo y desde la terraza se veían bonitos amaneceres traídos por las olas. Mi trabajo era sencillo y mi existencia aún más; el primero constaba de tocar todas las noches y ser feliz por algunos segundos de éxtasis, luego sentir que los dedos se me iban a romper por tanto esfuerzo, descansar con un trago y volver al trabajo. De esa época solo podría agregar que a mi estómago le entraba más agua que comida, que extrañaba a mi familia estando tan lejos y que algunas noches me ponía a llorar por no perder la costumbre.

El Jimmy’s solía traer situaciones curiosas e incongruentes. Allí pasaba lo imposible, lo improbable y lo impensable. Excesos en las mesas, peleas ocasionales en la barra, parejas que decidían expresar su aprecio desmesurado en el baño. Alguna vez vi llegar al alcalde de la mano de una prostituta muy joven y terminar echándose palos con su principal opositor en la misma mesa. Otra vez llegué a ver como apuñaleaban a un tipo por intentar hacer trampa mientras jugaba al Truco. “Tú sigue tocando, Jimmy, que estas cosas hacen que venga más gente”, me decía Cheo Domínguez, el verdadero dueño del bar, un negro alto y corpulento de República Dominicana que hablaba con frenillo y tenía fama de haber matado a un hombre a golpes; yo nunca había querido preguntar sobre ese asunto procurando no ser el siguiente al que le pasara.

Sin embargo, llegaría una noche en la que los engranajes del destino latinoamericano se accionarían. Fue así cuando, tocando un blues lento y suave, la vi entrar al bar. Era una mujer distinta a las que entraban normalmente a aquel purgatorio; se le notaba, más que en la ropa y accesorios finos, en la mirada. Y con esa mirada me apuñaló sin prestar atención a más nadie, como si estuviésemos solos en todo el mundo. Seguí tocando, más por adornar nuestra escena que por cumplir con mi trabajo. Tenía cabello negro, recuerdo, y aretes largos y dorados. Era una mulata ejemplar, como muy pocas quedan. Y yo ahí, altanero e incapaz de cortar la conexión de nuestras miradas, no pude hacer nada por alargar un poco más la canción.

Creí que al terminar de tocar se rompería el hechizo y sin embargo, al hacerlo, ella comenzó a caminar hacia el escenario. Con paso firme, como si fuese la dueña del lugar, del país entero, llegó hasta mí. Tendría mi edad seguramente, alrededor de veintitantas ilusiones rotas en la espalda. Al llegar a mí dijo algo sobre la canción que no entendí, algo sobre la noche que no escuché y otra cosa sobre el bar que omití. Estaba tragado por su presencia, desgraciadamente desorientado. Pero sí descifré algo importante en medio de la confusión, un código encantado dicho casi como un susurro:

-María Natalia.

Y guardó silencio esperando mi respuesta. Abrí los labios para decir mi nombre, mi verdadero nombre, pero al intentarlo descubrí que no sabía cuál era, que ya no lo recordaba. Decidí decir Jimmy, Raúl, José, con tal de no quedar como un idiota, pero en ese segundo oí un grito que rompió la noche: “¡viene la policía!”. Desde el bar hasta las mesas todo el mundo se echó a correr, la razón era muy simple: los trabajadores del Jimmy’s éramos inmigrantes indocumentados.

El instinto me empujó a correr y en un segundo, una esquirla de tiempo minúscula, vi a la mujer, a María Natalia, por última vez, estaba corriendo por su propia seguridad en dirección contraria. Éramos dos lazos que apenas se rozaron para no volverse a tocar. Nunca más la volví a ver, nunca más volví al bar.

Al día siguiente, desorientado y melancólico, debí buscar un nuevo trabajo y pensar en un nuevo nombre.