New Avenue



Fotografía obra de VARL Audiovisual

Probando un par de audífonos en una tienda, se detuvo a pensar en sí mismo, en la vida, en tantas cosas. Recordó a sus escritores favoritos y quiso saber qué harían ellos si fuesen él, qué debería hacer él inspirado en ellos. Frunció el ceño sin encontrar respuestas y se sintió triste y roto, como si en algún punto de su destino hubiese perdido algo importante que no precisaba, que no entendía. Cuánta duda puede sentir un corazón joven, un ser frágil que debe tomar decisiones importantes. 


Qué sería lo que pasaba, qué sería lo que no, se seguía preguntando. Acaso extrañaba su país lejano, errático y complejo. O sería la idea de sus historias de amor que solo habían llegado al primer acto. La causa de aquella sombre podía ser, quizás, el sentirse solo a pesar de estar rodeado de tanta gente.

Allí, en esa tienda de tecnología con artículos dispuestos al público para ser examinados, teniendo esos audífonos tan costosos sobre las orejas, supo que no hay peor melancolía que la que no se entiende y que para perderse en el sufrimiento solo hacen falta las ganas, lanzarse al vacío oscuro de los recuerdos para sentir el agua fría y densa de algún arrepentimiento. Qué era él, un muchacho flaco y perdido, ante el devenir de los acontecimientos, ante la duda de los días.

Un soñador -dijo en voz baja.

Se quitó los audífonos y colocó en su posición, salió del establecimiento y, en vez de ir en busca de un suicidio ejemplar, prefirió buscar un café en donde encontrar redención. En la tienda se quedaba su encarnación pasada, un espectro oscuro y deformado por los azotes de la depresión adolescente, algo que ya no sería jamás de la misma manera. Entonces, caminando rápido y sin mirar atrás, llegó a un café llamado New Avenue. Llamó al mesero y pidió un canelado.