Paco



Fotografía obra de Jaime Zarate. Fuente Original Flickr

Paco dejó de mirarme y guardó silencio, prefirió ver por la ventana mientras atravesábamos la ciudad en el metro y la tarde se quedaba atrás. No dije nada, me limité a acompañarlo, a seguir a su lado como siempre. Pero algo ya había cambiado en él, algo imperceptible incluso para mí, lo supe en el momento en que volvió a hablar sin voltear otra vez.


-La verdad es que me siento solo últimamente, pero no solo como las demás veces, sino realmente abandonado. Y por sentirme solo también me siento triste, como si la vida fuese bella afuera, pero deja de serlo en el punto en el que yo empiezo a vivirla. No sé, será que sí soy depresivo después de todo, aunque mi psicoanalista hable de teorías y razones técnicas sobre mi condición. Yo solo sé que me siento solo y triste y también nostálgico por el pasado. Porque creo reconocer algo, creo al menos intuirlo, las cosas no siempre fueron así, antes era mejor. Sin embargo, llega un punto en el ya no recuerdo más, en el que todo pasa a través de un velo negro que no me deja seguir, que me impide saber si esta vida siempre fue solitaria, tristísima y llena de nostalgia. Quién sabe, alguien seguramente, pero yo no…

-Disculpa, ¿estás hablando solo? – preguntó una muchacha interrumpiendo a Paco.

-Hola, no, yo no hablo solo- mintió él.

- ¿Seguro? Me pareció escucharte que ahora mismo hablabas con alguien, pero acá no hay nadie – respondió la muchacha sonriendo.

- Seguramente lo imaginaste.

-Ok, vale, de todas formas, si te hace falta hablar con alguien puedes hacerlo conmigo, yo me llamo…

-No, no, gracias, eres muy amable, pero estoy bien.

La muchacha se dio media vuelta y se fue ofendida. Siempre era así, esta era la misma historia que se repetía una y otra vez cuando alguien intentaba llegar hasta Paco, entablar conversación, ser su amigo. El resultado era un “gracias, pero no”, una barrera inmensa que impedía llegar a algo más que algunas palabras intercambiadas. Para eso estaba yo, el amigo de Paco que nadie veía, ese que él había inventado en su cabeza para que lo escuchase.

Después de la interrupción de la chica, Paco pasó un rato sin decir nada. Se limitó a recostar la cabeza del cristal de la ventana y ver a través de él, como si esperase encontrar algo afuera que lo salvase, una respuesta, alguna clave que lo llevase lejos. Pero afuera todo era opaco, como si la humanidad entera se hubiese olvidado a sí misma en algún punto del viaje. Entonces Paco habló una vez más:

 -Creo que ahora mismo podría morirme y me jode saber que nadie me recordará cuando pasen los años, que nadie mirará por la ventana del metro y pensará en aquel tipo que veía por esta misma ventana de metro sintiéndose perdido entre la inmensidad de afuera y de adentro suyo. No sé, supongo que es eso lo que pasa, que no sé nada. Que quiero estar contento y no sé cómo. Lo mejor es que me vaya, que recomience en otra ciudad con otras personas y otro ambiente, que cambie y me juegue la vida en el intento.

Y allí entendí lo que pasaba, Paco quería irse y quería hacerlo sin mí. Pero era muy noble, muy buen muchacho, como para decírmelo directamente. Por eso hablaba siempre como alguien que estaba drogado, con mensajes encriptados y difíciles de entender. Yo, sin embargo, acababa de entenderlo todo, quería algo nuevo y yo debía dejarlo.

Cuando la voz femenina del metro anunció la estación en la que nos bajaríamos, dejé que él lo hiciera y yo me quedé sentado. No nos dijimos nada, no nos despedimos ni nos deseamos suerte. Lo vi bajar del vagón e irse caminando con las manos en los bolsillos. Yo seguí adelante, dejando que el azar me llevase a mí también hacia un destino distinto, recordando a mi amigo Paco, el tipo que hablaba solo porque se sentía solo y no podía dejar de estarlo. El que ahora, sin dudas, se lanzaba a lo desconocido por salvarse a sí mismo.