-Guayana de los aventureros-


Fotografía obra de Génesis Pérez 

Empezó siendo un territorio inmenso que llegaba hasta Brasil y que mostraba su esplendor bajo la categoría de provincia. La mano del hombre y la razón justificada de éste la fueron reduciendo, hasta llegar a ser lo que es hoy: dos ciudades unidas por imponentes puentes que atraviesan los más imponentes aún Orinoco y Caroní. Nunca olvidaré la unión de estos, clara de uno y oscura del otro en una línea exacta, como si la naturaleza nos gritase una vez más acerca de su increíble majestuosidad. De puerto Ordaz a San Félix, de San Félix a puerto Ordaz, así quedo delimitada la gran provincia según la geografía. Sin embargo, en mi concepción, tal vez anticuada, Guayana sigue siendo todo en conjunto: El Callao con su oro, Tumeremo, El Palmar, Guasipati, Ciudad Piar, Ciudad Bolívar, Santa Elena de Uairen, La Gran Sabana; nombres con los que crecí y que desde siempre llevaré impregnados en mi ADN. Niñez entre arboles de Pozo Verde, entre campos de Upata. Eso es Guayana, no dos ciudades sino la bastedad de todo un paraíso.


-Casita de barro-



Fotografía obra de VARL Photography.

Desde mi niñez había escuchado como mi papá decía siempre la misma frasecita corta que yo nunca podía entender: “Andar no es lo mismo que caminar”. En aquellos días escuchaba constantemente a mis padres discutir acerca de las desventuras que azotaban nuestra familia y del hecho de que ya habíamos dejado de vivir para empezar a sobrevivir. Nunca olvidaré como mi hermano intentaba constantemente calmar los ánimos de la pareja suministrándole a cada uno por separado palabras de aliento que buscaban renovar sus esperanzas hacia el futuro. El  verdadero problema era mi papá y la infinidad de negocios millonarios que inventaba de la nada y que siempre tenían como resultado el completo fracaso. Ante tales actos descarriados mi madre tuvo un amor casi inagotable y una paciencia lo suficientemente duradera como para que el matrimonio llegase a cumplir los veinte años. Unos que el día del aniversario, pasaron sin pena ni gloria como si no se estuviese celebrando nada.

 Fue una mañana de marzo cuando mi mamá despertó, miro al techo del cuarto y se desbocó en su interior cierta fuerza sobrenatural. Aquella fuerza que le da a un valiente el impulso necesario para seguir sus sueños, aquella que muchos anhelan tener porque aceptan que el miedo los contrala. Giró la cabeza en el acomodo de su cama y vio al hombre que estaba acostado a su lado, aquel al que le había dado todo y del que no recibió (mediante actos palpables) la respuesta de esa entrega. Quizás pensó en nosotros, sus hijos, al tomar la decisión de lo que haría. Este pensamiento, sin embargo, no la detuvo en ningún momento porque  no le dio más vueltas al asunto. Ni siquiera realizó el acto levantarse a tomar el café mañanero, esencial para comenzar el día con buen pie. Solo esperó a que mi papá se levantara y allí, los dos acostados viéndose las caras, ella por fin dijo:

-Me cansé, esto se acaba hoy. Ya no te amo.

Él no entendió a la primera, ni a la segunda, ni a las infinitas veces que ella le explico lo mismo: que estaba cansada, que no quería continuar así, que era lo mejor. Solo sintió un dolor inmenso en las profundidades de su ser. Ese dolor que sentimos los hombres en el momento en que una mujer nos corta las alas cuando creemos sobrevolar el cielo. Sin embargo, tomó el camino que por lo menos le trajese tranquilidad a ella, no el de entender sino el de aceptar. Fue quizás por esa aceptación que mi padre no duró ni un mes más en la casa ya que, de no hacerlo, habría enloquecido. Se fue a una tierra lejana que cualquiera de los que habíamos en la casa desconocíamos. Debo agregar que no lo hizo por abandono a nosotros sus hijos y no lo digo por querer defender sus actos ya que se no fueron los mejores desde un principio. Lleno de pena y desespero perdió la fe por aquellas lejanas llanuras en las que intentaba luchar en contra de la locura que propone la soledad. Así, después de cierto tiempo, nos llegó la noticia mediante una llamada telefónica de la policía de esa región: un hombre había perdido la vida en un accidente automovilístico. Papá murió no por un impacto entre vehículos, sino por la forma peculiar que posee el destino de desenvolverse.

***

-Tú te preguntaras que porque puedo contar esto tan fríamente, como si el recordar tales eventos no me causaran un mínimo dolor- le dijo Gustavo Centeno a su prometida.

-La verdad no quisiera incomodarte así que no tienes que darme explicaciones de ningún tipo.

-Sí, me sigue dando muchísimo dolor recordar todo eso. Pero ya han pasado los años y me siento capaz de contar la historia- respondió Gustavo haciendo caso omiso a la respuesta de su amada– Tiempo después de la noticia, del velorio y el entierro de mi viejo, logramos ir a la ciudad en donde había vivido luego de irse de nuestra casa. Debíamos buscar sus cosas y hacer cierto papeleo necesario, ya sabes todo lo competente ante algo así. Fueron entre sus cosas en las que encontramos un sobrecito amarillento al lado de un diario viejo y gastado que contenía lo vivido por papá desde que se había ido de la casa. Fue en el sobre en donde encontramos la verdadera herencia que nos dejó, que consistía en un papel rasgado que tenía escrito un parrafito que rezaba lo siguiente:

“Andar no es lo mismo que caminar. El primer acto consiste en vagar sin sentido aparente y sin una causa que nos impulse, mientras que el segundo posee una razón, una dirección y una meta. Yo anduve siempre, pero nunca caminé. Caminen hijos míos, háganlo hasta que se les consuma la suela de sus zapatos. Háganlo hasta que traigan felicidad a sus seres queridos. Que mi ejemplo sea su ejemplo pero acerca de lo que no se debe hacer”.

Gustavo nunca lloró durante el relato, mientras que su prometida, sin poder evitarlo, dejó caer lágrimas de tristeza. El legado de un padre podría no ser algo fácil de precisar, sin embargo, éste se mantendrá vigente en sus descendientes por siempre.