Aquella tarde caminamos por la 88th St.
Nunca olvidaré esa tarde. Tengo mala memoria y puede que pasen muchos años, muchas vidas, pero no lo haré. Aunque quisiera tampoco podría borrar esa escena en la que salí de mi edificio y vi a Newt en la acera de enfrente, recostado a un poste, esperando… Esperándome a mí. No hubiese imaginado que algo así pudiera pasar.
En mi vida he tenido pocas certezas. Cuando era niño creía en Santa Claus con la devoción que se le tiene a un santo. Supongo que por eso me peleé una vez con un compañero del colegio defendiendo su existencia. Al final del día terminé con un labio hinchado, pero con la satisfacción de defender algo que valía la pena. Creo que eso mismo me pasó con nuestra historia de amor. La defendí del invierno, de la gente e incluso de mí mismo; la tomé con las manos y la estreché en mis brazos para que no le pasara nada. Es porque te quiero, sí, genuina e intensamente, te quiero. De qué otra manera podría decirte adiós tantas veces, de tantas formas, y continuar sintiéndote conmigo. Te juro que eso me pasa, al igual que el enviarte cartas que quizás nunca llegues a leer, pero de las que espero respuesta. Como esta o como la del 2016. Como la que hice cuando nos conocimos, o seguramente la que haré dentro de 10 años. Así es y será. Para este punto solo quisiera decirte gracias por todo, abrazarte llorando y pelearme con alguien para defender que nuestro romance existirá para siempre.
Por lo general la recuerdo como alguien que conocí en una vida pasada. Y quizás sea así, después de todo, han pasado varias reencarnaciones desde que tenía 22 años.
Solo los valientes decretan y tienen todo el derecho de hacerlo. Decretan verdades, sueños e ideas, por ejemplo, sin importarles nada más en el mundo.Y entonces te das cuenta: nadie tiene más valentía que un tipo que decreta estar enamorado.
En esa época yo vivía gracias a
la literatura. No me refiero a que me hiciera ganar dinero, sino que, al
contrario, tenía tan poco que solo lograba sobrellevar la adversidad gracias a
ella. Y la literatura, al menos en mi vida, significaba tres cosas: los libros
que leía, lo que yo escribía y mi novia. Esta última era increíblemente bonita,
pero más que bonita, era inteligente, y aún más que bonita e inteligente, era
una buena persona. Ya hoy en día es difícil conseguir alguien que reúna esas
tres cualidades, las cuales, sin querer autoflagelarme, yo nunca tuve. Digo,
tampoco era un tipo feo, ni me consideraba bruto o malo, pero sin lugar a dudas
sí era un poco idiota. De otra forma no se podría explicar que no trabajase,
que viviese de arrimado en el apartamento de mi chica sin poner una moneda, que
justificase todo con el argumento romántico e ingenuo de que yo era un artista
y solo a eso me dedicaría. En mi defensa, y lo veo ahora que ha pasado el
tiempo, la razón de esa forma de pensar tan tonta se resumía en que, hasta
aquel momento, había leído demasiado y vivido muy poco.
¿Te has puesto a pensar alguna vez qué pasará con el amor que se quedó? Ese que no es cualquier amor, sino uno en particular, el que se siente en las mejillas, en el estómago y en las ganas de viajar juntos. Un amor de verdad, quizás. Qué pasará con él si aún está en las manos y en los ojos, si no se puede ir a ningún otro sitio. Será que se transforma, que se muere o es capaz de continuar en otras vidas.
Me he puesto a pensar en eso, tal vez porque estoy en una edad incierta, sin ser joven, sin ser viejo, y encuentro cosas que se han quedado en el limbo también: sueños compartidos, chistes internos, chats de madrugada. Parecen pertenencias puestas al azar, aunque todas están atadas por un hilo rojo. Y de repente, de la nada llega un recuerdo en el que una conductora baja el vidrio y avisa: “hacen una bonita pareja”. Qué pasará con ese amor y qué pasará con la tristeza de saber que alguna vez fuimos muy felices.
Nuestro problema fue el tiempo.
Ese que a veces parecía ir muy rápido y otras muy lento. Ese que apuraba situaciones para las que no
estábamos preparados y que por eso no disfrutábamos, luego las hacía parte de
una memoria acostumbrada a extrañar el pasado. Pero tú fuiste un pasado mejor,
no perfecto, lo sé, pero mejor. Una madruga juntos, unas manos tocándose antes
de despedirnos, mensajes kamikazes que buscaban estallar en el corazón del
otro. Esas y muchas otras imágenes en las
que no suelo pensar para no hacerme daño. Sin embargo, ahí está el tiempo
girando para matar nuestros recuerdos. Tú en la gran ciudad, yo en este
desierto. Tú cantando bonito, yo intentando explicar con letras lo que no dije cuando
debía.
Salí en la noche, pero no sabía qué horas eran. Mi teléfono
se había quedado sin batería y el servicio eléctrico estaba interrumpido desde
temprano. Subí 19 pisos por las escaleras, hasta el apartamento en donde vivía
mi amiga Antón. Ella me recibió e invitó a pasar, me ofreció vino y nos
sentamos en el balcón. Había una bonita vista desde allí y se podían ver las
luces del resto de la ciudad a lo lejos.