-Noel destinatario-


Fotografía obra de Alberto Rojas. Fuente Original: Caracas Shots

Hoy he despertado bajo los efectos de las confesiones necesarias. Aparecen esos pensamientos que martillean como mis dedos estas teclas. No hay mensaje alentador, solo una aclaratoria más en el “Erase una vez” interminable de mis paginas abnegadas. Por eso te mando esta carta compañero Noel, intentando gritarte desesperadamente la realidad.


La otra noche hablaba con amigos en un bar de la ciudad. Muchachos y muchachas igual de jóvenes que yo, igual de soñadores que yo, igual de tercos a lo que se les impone en el cuartico chiquitico que significa esta nación. La vida y sus callejones nos metió en una vejes prematura. Claro hombre, si nos tocó esta época por razones que nadie entiende, si nos tocó este espacio por decisión de un destino que a nadie le preguntó nada.

Como siempre en todo encuentro socializado, se escurrió el tema perenne en toda conversación venezolana: la situación del país. No hombre, si supieras cuantos se van te pondrías a llorar. Esta tierra huele a minerales y ausencia. Pero ese tema ya está trillado, usado, exprimido y dejado a un lado como algo común.

Uno de los panas dijo algo cuando se le acababa la cerveza: somos la generación de relevo, pero ya nadie quiere agarrar el testigo. Bueno, es cierto ¿sabes? No se le puede culpar a nadie el anhelo a una vida sin tanto aporreo. Una amiga a punto de graduarse de biología marina habla del casi inexistente campo laboral que tiene su profesión acá. Otro que enmarcará el diploma de ingeniero argumenta que ya las empresas básicas no producen, que levantarlas otra vez será muy difícil.

Pero entonces dime tú hombre, qué haré yo si elegí el destino malversado de ser artista. Qué haré con las dudas continuas que regirán mis días. Hace tiempo que evito ese tipo de cosas para no terminar enfrentándome a mis propias quimeras, quizás podría perder y todo el valor que he intentado alimentar se iría a la basura.

Ni siquiera me importa que esta navidad sea la más opaca que nunca haya vivido. Que ya casi no haya calles adornadas con lucecitas brillantes para guiarnos a la medianoche. Tampoco que desde hace muchos años no estrene ropa el 24 y el 31, nada de eso. Da igual que no haya hallaca ni pan de jamón porque sea costoso comprar los ingredientes. Ni siquiera llueve en esta época, el cielo se secó.

Sin embargo compañero, me importa la fuerza de mi convicción ante la muerte en las calles y la hambruna en las casas. Me importa el futuro como la mayor promesa, pero nunca tanto como este presente que es mi única verdad. No tengo mucho que decir aparte de estas líneas que confiesan desesperación e incertidumbre. Se supone que esta época es de renovación hacia lo que vendrá el próximo año. Yo, al igual que muchos otros compatriotas, siento miedo a lo que viene, y con esto hago ver mi verídica condición humana.

Lo siento si me tomé toda la carta para hablarte de cosas que ya tú debes suponer estando tan lejos. Me sostengo de lo que queda, de esos detalles que aún poseo como el tricolor al hablar o la capacidad única de reírme de la desdicha. También me disculpo por el pesimismo, este debía aflorar por lo menos una vez para así recargar fuerzas. Termino la carta sintiendo que valió la pena comunicarte todo esto. Quizás te animes a dejar esperanza la noche que pases por nuestras casas.