-Y ese viaje-


Fotografía obra de VARL Photography.

Si acaso esto es una especie de juzgado final y la muerte ya hace rato que me visitó, reconoceré no tener miedo a contar mi historia. Esto que sentimos como propio es el resultado exacto de todo lo que somos, de la tierra roja que pisamos descalzos y de los cafés calientes que probamos en las mañanas. Entonces no perderé  ni un segundo más porque la mañana se va volando y el oxígeno parece que también se va acabando poco a poco. Llené a tope la maleta y ésta (que por sí sola ya era bastante grande) quedo abastecida de lo que se suponía era mi universo. Ropa, libros, fotografías, discos de la música que más me gustaba, algunos sueños por realizar y muchas cosas que creía importantes en aquel entonces. La expectativa no fue guardada en el equipaje, a ella si la llevaba en el bolsillo del pantalón y a donde sea que me dirigiese me acompañaba. Era como si toda mi vida hubiese esperado ese momento, como si apenas fuese a empezar a sentir y ante mí se mostraría el “nuevo mundo” descrito por los españoles en tiempos de descubrimiento.


El día finalmente llegó después de varias intentos fallidos que solo lograron aumentar mis ansias. Ese último instante en el que faltaba poco para abandonar mi planeta en un cohete viejo y roto, fue opacado por las despedidas. Entre abrazos y ciertas lágrimas prófugas, dije adiós a seres queridos; a un espacio y a un aire que realmente sentía como míos, a una raza de la que me despegaba,  a un Yo que no entró en la maleta y que por tanto tuvo que quedarse. No pensé en nada cuando monté en ese primer cohete, salvo el hecho de que en mi mente se estuviese celebrando una fiesta. Mi pensamiento decía que en realidad comenzaba una nueva administración en mis aconteceres. La aventura iniciaba y yo me veía a mí mismo como el caballero que  montado en su caballo visitaría tierras que estuviesen más allá de las imaginadas. Que dichoso y que bello ese instante de júbilo y triunfo en el que el aparato arrancaba. Yo solo cerraba los ojos diciéndole a papá Dios que, fuese lo que fuese a pasar, todo sería bien recibido. Esa mañana cuando apenas iba saliendo el sol daba el primer paso en mi viaje.

Tratando siempre de ser directo, el tiempo transcurrió perdiendo incluso su propia esencia. Algunos días me fueron eternos, otros fugases como estornudos; algunos con pena y otros con gloria; unos con riquezas y otros de la mano con la necesidad. La verdad ningún mal parecía demasiado para mí, nunca había desmotivación alguna y el impulso permanecía inmutable. Simplemente era feliz con presenciar nuevos lugares, todos éstos ni siquiera concebidos en mis delirios más grandes. Pero como me decía aquella viejita ya cansada de sus idas y venidas: “mijo, la vida es una tómbola”. Siguiendo las líneas de esa oración, aún no se si en mi cuento anduve mucho o solo me perdí lo suficiente. Lo cierto es que mi viaje duró más mediodías de los pensados e incluso de los deseados. Tanto fue mi recorrido que quizás la flora con la que me encontré podría hablar por mí al yo no ser bueno describiendo lugares; mis ojos presenciaron pinos en sitios fríos, palmeras de las playas, monte, maleza, orquídeas, araguaneyes, arboles de mango y de naranjas. Infinidad de bastas hectáreas verdes que me dejaron repletos los pulmones de esperanza, aunque yo jamás les haya dado las gracias por ello. Me doy cuenta y lo acepto: esa fue otra de las cosas que le robé a este mundo. Otra como sus paisajes, como las historias que viví y las personas con las que compartí.
Meditando como lo hace un sentenciado, de todo esto solo me queda pensar que mi travesía no fue trágica, que quizás tan solo tomé la decisión equivocada buscando una dirección y que de allí se desprendieron las demás cosas. Entonces se trata de eso, de no saber realmente si tu decisión fue la correcta o la equivocada. Simplemente actué como deseaba actuar y aunque lo hice esperando un resultado complaciente, llegó el momento en que me cansé de andar sin brújula, sin norte. Es como llorar por una película; como pretender continuar creyendo que es más fácil lograr un sueño que unirte al cardumen que nada sin pensar en esas cosas; como querer vivir aventuras en las que realmente exista la magia; así es esto de vivir. Se trata de gozar cada instante y partícula de tiempo a plenitud. Si esto no se logra, nada ha valido la pena. A mí me pasó y por eso es que solo hablo de mi experiencia. Hablo de limitar nuestro mundo con bloques y cemento, con tristeza y un drama que ni siquiera nos merecemos. Cuando de repente despiertas cierto día en un lugar que no reconoces como tuyo y te das cuenta de que nada es igual que ayer, que nada podría llegar a ser como mañana. Eso me pasó en cierto segmento de mi viaje pero, sea como sea, reclamé desde esos días mi identidad como ciudadano del mundo.

Acepto y abrazo cada segmento de mis largos senderos, sin embargo, ojala las cosas hubiesen sido distintas. Tuve momentos en los que vi borroso debido a ataques fulminantes del hambre, así como otros en los que sentí como nacían las llagas por andar siempre caminando al no tener para el pasaje. No pretendo ser un mártir que abrace sus derrotas y solo viva de ellas, únicamente cuento esta trama que pareciera sacada de un libro viejo. Hablo como si ya todo hubiese terminado pero ¿realmente lo habrá hecho? O quizás solo esté soñando y en cualquier momento me despertaré en una de las infinitas camas extrañas en las que dormí, aquellas que hice mi casa y mi hogar. Si es así, seguramente sonreiré ante la ironía de contar una historia que ni siquiera ha terminado y ante la desgracia que seguiría enfrentando. Esto con el fin de demostrar al destino que sigo respaldando mis decisiones, fuesen estas las correctas o no.

Enormes selvas de cemento; tenebrosas llanuras en las que descubría que los espantos y fantasmas que según aparecían en esas tierras y eran en realidad un reflejo del interior de las personas; sabanas en las que los espíritus de la naturaleza me acogían, seguramente sintiendo cierta lastima por ese extranjero que no sabía ni a donde ir. Entre tantas cosas vistas y realizadas, millones de personas pasaron a mí alrededor como un ejército zombi que ni pensaba ni sentía sino que solo actuaba en pos de sus instintos. Pero gracias a lo vivido con los que logré llamar compañeros, pude entender que según la naturaleza humana no todos te acompañaran en una madrugada fría. Solo unos pocos, menos de los que nos imaginamos, son hermanos paridos por otra madre.

Ahora estoy aquí sentado y se me pregunta por esa travesía que emprendí hace tantos años. Puedo enorgullecerme por muchos motivos pero me agrada más resguardarme en el hecho de que, aun en las noches más oscuras que vivía, nunca dejé de esperar el amanecer. O que cuando solo existía en mi gastronomía el simple menú de café y arepas, nunca dejé de hacer de tales platillos un manjar. Por eso el día en el que creí que ya todo había terminado y me encontraba de nuevo en mi universo fue cuando pude volver a vivir. Aclarando por supuesto que no es que antes no lo estuviera sino que hasta ahora lograba entender que había cambiado mi centro. Ya no era más el mismo y mi Ser se había expandido. De alguna manera extraña se logra vislumbrar que las cosas ya no serán iguales, tal vez porque las montañas ahora parecen más pequeñas o el aire más ligero, simplemente uno renueva un pedazo de alma. Por eso tal vez hoy cada partícula que me rodee es parte de mi integridad. Desde el cielo hasta la tierra, cada corriente o rio, árbol o flor, incluso las fechas del calendaría, todo lo siento como mío.

 Si me viste caminar por tu ciudad, por tu pueblo, por tu puerto o tu caserío y no te saludé, me dispenso de ante mano. Seguramente estaba muy concentrado en esa tristeza que me ahorcaba por extrañar a mi familia, a mis amigos e incluso a ese Yo que se había quedado en el aeropuerto y que sabía no me esperaría el día  en que mi retorno se hiciese un hecho. Ahora que ya he concluido debo preguntarlo: ¿Estoy o no muerto?