Por siempre fatal


Fotografía obra de Génesis Pérez.

Volví a escribir por miedo a mirar atrás, por ganas de huir de todo lo que me pasaba. Lo hice cuando mis alas se quemaban y caía al vacío. Después de llorar más de lo que mis ojos podían resistir y resistiendo para no llorar un poco más. Luego de perderme y olvidarme, escribí para salvar algo en medio del desastre natural que estaba azotando mi vida. Para tener calma entre tanta rabia y desespero. Para recuperar la libertad y el amor que me habían quitado.


Le reclamé a todo lo que pude, al universo entero, al funcionamiento de las cosas. Le reclamé a aquel abril el que no hubiese sido eterno, que me abandonase. Y empezó a llover. Quien escriba sabrá el valor de la lluvia, el café y la noche en cada palabra, pensamiento y fragmento de uno mismo que es abandonado a su suerte  en el papel. Pasé entonces al asunto que me había tenido por tantos días tirado en el asfalto de mi cama y en recuerdos que no debían ser recordados. Le escribí a mi corazón y a su ingenua forma de actuar. Siempre confiando, confesando más de la cuenta, acostumbrado a ser traicionado. Me desahogué con ese órgano inútil que me daba malos consejos, que me obligaba a sonreír y esperar con los brazos extendidos un abrazo que ya no llegaría.

Puse a sonar música triste siendo un poco masoquista ante el dolor que ya estaba sintiendo. La música y la ropa tienen la capacidad asombrosa por representar como nos sentimos. Ahí, en aquel cuarto pequeño y desordenado que era una metáfora de mi existencia, me encontraba yo intentando recobrar un camino que había dejado voluntariamente por el más grande sueño. Continué escribiendo. Continué buscando aquello que no precisaba, que no entendía. Ahí, en medio del odio descontrolado que me hacía temblar, terminé por saludar a la muerte. Por si me recordaba, por si aún me tomaba en cuenta. No miento al aceptar que pensé en morir. Porque morir es siempre la mejor opción para el despechado, para el depresivo y quienes aparentan ser felices durante mucho tiempo. Yo era eso y más. Pensé en morir, ciertamente, pero la idea tardó milésimas de segundos en irse, mi mamá me extrañaría demasiado, no podía hacerle eso.

Llegaron fantasmas, los míos, al darme cuenta que tenía miedo. Los de mis caricias inconclusas, las películas de domingo, el millar de notitas en cuadernos que olían a polvo, las promesas que no se cumplieron. Ante esos  bichitos que había adorado y ahora solo me estremecían el cuerpo fue que me di cuenta lo patético que era. Cuando se acabó el papel usé las paredes. Cuando se acabó la tinta usé mi sangre. Se acabaron mis ganas de escribir luego de tanto desahogo y seguí haciéndolo porque ya no me quedaba nada más en este mundo.

Al final sentí algo parecido a la libertad y al amor pero ya no eran como los recordaba, nunca lo serían. Todo cambió por confiar, por ser sincero, por ser libre al amar tanto... Por siempre fatal.