-Peatón pozificado-


Fotografía obra de Juan Mattey. Fuente original Flickr

Soy un transeúnte por herencia. Igual que mi abuelo y que mi papá, camino por esta ciudad aparentando recorrerla cuando en realidad es ella la que lo recorre a uno. La diferencia es que el primero lo hizo en Cali y el segundo en Caracas. A mi por suerte del destino me tocó ser peregrino en Puerto Ordaz, la incandescente.

Y vivo esa aventura aunque la cosa no esté fácil y tras cada esquina encuentre a los dragones de la delincuencia. Con hambre, con furia. Desde hace mucho que las calles fueron tomadas por pistolas que son apuntadas con proclamaciones de “¡dame todo becerro!”. Uno sigue saliendo, despertándose temprano, haciendo las diligencias. No porque no haya opción, sino porque aún hay esperanza. Por lo menos yo la tengo, esperanza de cambiar esto, lo otro y todo lo demás. De recobrar los sitios perdidos e inventar nuevos. De eso se trata nacer en un sitio, de protegerlo en las adversidades.

La música es parte esencial en cada paso, ella va sonando en mi cabeza cuando voy por el centro, por los barrios del norte y el sur, por parques con monte que fueron abandonados y centros comerciales llenos de gente que solo quiere huir de su realidad por un rato. No respeto el rallado de la calle porque los carros tampoco lo hacen, ellos se vuelven espectros con los que debo pelear por el dominio de las avenidas. Al mediodía el sol pega tan duro que el Sahara pareciera haberse mudado de latitud. Luego llueve y terminamos en una Venecia que emerge entre charcos inmensos y alcantarillas desbordadas.

Uno de mis sueños es andar por Alta Vista libremente. Otro sentarme en la plaza Chipia a la hora que me de la gana. O ver las lucecitas de los bloques de Unare titilar mientras los admiro. Llevando de indumentaria unos zapatos rotos, un morral con sueños y unos lentes oscuros que no traen swag. Llevándome a mí mismo como representante de una nueva generación de transeúntes incesantes.

Supongo que la razón de todo esto es que me gusta la composición que me rodea. Las personas que caminan a mi lado como una fuerza que acompaña en cada paso. Los viajes en bus, conocer cada arteria vial y ser testigo de las más increíbles historias urbanas. La mañana cuando despunta, ese momento en el que apenas se están armando los puesticos de empanadas y esas particularidades que son de aquí, de esta tierra, de uno. Cosas chiquitas que llenan el alma del que camina. Mientras recorro un museo inmenso compuesto por grafitis descomunales, mientras me vigilan palomas que ya no son mensajeras y ahora solo filosofan desde los postes.

Acepto que podría estar siendo muy sentimental ante temas inverosímiles. También que la razón de esto es que ya no sepa qué hacer con el cariño desmedido que siento hacia esta ciudad. Que me gusta realmente andar y sería una tragedia si me quitan ese derecho algún día. Por eso si mi final fuese en una acera de esta gran urbe, no sería un final realmente. Sí, seguro son sentimentalismos ingenuos pero a mis 21 años creo con valor que valen la pena. Sobre todo si de Poz se trata.