Fotografía obra de Jaime Zarate. Fuente Original Flickr
En mis años de adolescente fui un
muchacho extraño, supongo. Demasiado introvertido y flaco para los estándares
de la vida. Solo me llevaba bien con los animales y las plantas, por eso tenía
un gato, una matica de orégano y otra de albahaca. Me sentía perdido y bastante
solo, como un pájaro intentando volar en una tormenta que no terminaba.
Me gustaba salir al anochecer y subir al
techo de la casa para mirar estrellas que no me miraban a mí. Una de esas noches
apareció una muchacha en el balcón de la casa del frente, era la hija menor de esa
familia, una rubia impresionante de un linaje europeo del que solo le quedaba
el apellido: Wolanski. En algún momento alguien me comentó que tenía mi misma
edad y, como un acto instintivo de adolescente, pensé en que me encantaría
conocerla; mi timidez, sin embargo, era impenetrable, esa chica era otra
estrella que estaba muy lejos.
Cuando me gradué de bachillerato no
continué estudios, sino que comencé a trabajar, mi gato murió y me fui de la
casa con mis plantas en macetas. Los años pasaron y yo crecí. Entre los muchos
trabajos en los que estuve, el videoclub Olimpia fue el más excéntrico. Se
trataba de un establecimiento dedicado exclusivamente a la venta y alquiler de
películas pornográficas.
Ahora que lo recuerdo, me parece
gracioso que un sitio como ese hubiese existido, pero claro, la vida en los últimos
años de la década de los 90’s era muy diferente. El negocio no siempre tenía
visitas de día, a la gente no le gustaba que la viesen entrar allí; de noche,
en cambio, llegaban los sedientos solitarios en búsqueda de aquel oasis en el
desierto. Yo solo era el que les despachaba el agua, es decir, quien atendía el
negocio. Mis funciones eran pocas: cobrar, limpiar el local y, como no,
recomendar películas a los indecisos. Terminé haciéndome amigo de los clientes
más fieles, esos que no parecían aburrirse ni cansarse de aquel cine de tetas y
músculos de plástico, con sus tramas irrisorias y los gemidos de mentira. Yo no
me quejaba, la paga no era mala, tampoco tan buena, pero me servía para comer y
pagar la renta. Así se me iban los días esperando un nuevo milenio en donde
supuestamente se nos cambiaría la suerte a todos, que prometía un destino mejor
para la humanidad.
Un miércoles cualquiera salí a fumar afuera
del establecimiento. Debían ser las 10:00 a.m. y era un día soleado, entonces
vi a una mujer caminando en dirección a mí desde la avenida: era la hija menor
de la familia Wolanski. Para ese momento parecía una princesa vikinga, igual de
rubia y bonita. Aunque también había crecido, continuaba bastante parecida a la
última vez que la vi. Caminaba decidida hacia el teléfono público que quedaba
frente al videoclub. Al llegar a este, lo descolgó, insertó una moneda y marcó
un número. Yo ya había terminado mi cigarrillo y, solo por quedarme a ver qué
pasaba, saqué y encendí otro.
La mujer mientras tanto ya había
comenzado una conversación muy breve: solo dijo “aló”, luego “tienes razón, es
cierto” y colgó en seguida. Creí que se iría, pero tomó otra moneda que insertó
para una nueva llamada. Esta vez, al contestarle, no saludó, se limitó a decir “soy
yo”. Lo siguiente que le salió de la boca fue un ejército de palabras furiosas:
-Mire, déjeme en paz, no quiero saber de
usted, ¿sí? Quiérase un poco, si usted fue el que la cagó, quiérase un poquito
al menos. A mí déjeme tranquila, yo veré cómo sigo con mi vida, pero sola,
sola, ¿sí? No me llame, no me busque, ni busque a Gabriela o a Lucia para saber
de mí, que igual se ve patético, de verdad patético. Yo no quería llegar a esto,
pero me tiene harta, harta de verdad. No quiero verlo, no quiero que me vaya a
buscar al terminal cuando venga a la ciudad, no quiero que salga con mis
amigos, no quiero nada que ver con usted… ¿Y sabe qué? ¡Mejor váyase a la
mierda!
Y colgó el teléfono de un trancazo.
Luego se quedó un momento parada, como digiriendo lo que ella misma acababa de
decir. Se giró y esta vez sí caminó en dirección a donde yo estaba. No lo hizo
pensando en mí, pues seguía sin verme. Solo se sentó en el piso de la entrada
del videoclub Olimpia y, abrazándose las rodillas, comenzó a llorar desconsoladamente.
Lloró y lloró sin parar, como si se le hubiese quebrado algo por dentro y se le
estuviese saliendo por los ojos.
Yo, viendo en ese estado a la hija menor
de la familia Wolanski, pensé en el tiempo y en cómo este había pasado sobre
nosotros, nos había llevado lejos y traído a este punto, uno en donde yo estaba
recostado a una pared y ella junto a mí llorando en el suelo. Pensé en la vida
también, en sus ironías y la forma de decirte: “eh, pendejo, nunca dejarás de
ser un adolescente extraño, demasiado introvertido y demasiado flaco”. Y me
sentí triste y perdido como en el pasado porque la vida, esa que ahora me decía
pendejo, también se me había ido lejos y ya era hora de ir a buscarla. Entonces
dije lo primero que se me ocurrió:
-Oye, eh, Natasha, para, para ya, no
sigas. Ven, te invito un café y un cigarrillo, o un helado, o lo que quieras. Hablemos
y así, no sé, quizás te sientas mejor.
La hija menor de los Wolanski me miró
con sus ojos azules y claros como el cielo, unos ojos de cielo perdidos entre
una tormenta roja de lágrimas. Me miró extrañada buscando una explicación,
alguna respuesta. Pero la verdad es que ya no había extrañezas entre nosotros, el
nuevo milenio nos había alcanzado.

