La claridad de mi luna




La claridad de mi luna es mi quinto libro. Fue escrito en el año 2017 y contiene diversas formas narrativas tales como cuentos, poesía, reflexiones, entre otros.

Al igual que mis libros anteriores, El Cuaderno que huele apolvo (2015) y Dante Merino, príncipe del quién sabe (2016), esta nueva antología ya está disponible en Amazon.com para ser adquirido tanto en formato físico y Kindle:

          


Para entender mejor la identidad de este nuevo libro y de qué van sus historias, les dejo un fragmento del prólogo:

Y ahora estamos acá, en este que es el quinto libro que he escrito. Su temática principal ha sido determinada por el azar de mis días y no por una idea previa. Al releer las páginas entiendo que trata de amor, así de simple. Aquí se dejaron ver los matices del romance, ese que es juvenil, impredecible y torpe, pero que llegamos a sentir en las vísceras. Hay tristeza, dolor y tardes grises, porque esos escenarios también hacen parte de los procesos del enamoramiento. Pero no más que plenitud, nos enamoramos para ser felices y encontrar en la otra persona un complemento.

Gracias a todos los que me han apoyado en este camino, como mis talentosos amigos que contribuyeron en este logro: Pamela Valderrama, en la ilustración de la portada; Alejandro Hernández, en el diseño de la portada; y John Kobritz, con el vídeo promocional.

Gracias también a mi familia, amigos y a ti, que ahora lees esto.


Fantaso





No he dormido bien últimamente. De hecho, hay noches en las que ni siquiera he podido hacerlo. Yo antes me acostaba temprano, me era difícil quedarme despierto hasta tarde. La verdad es que soy una persona alondra, de esas que funcionan mejor en las mañanas. Todo lo contrario de las personas lechuzas, es decir, las que prefieren las madrugadas y en ellas suelen ser más productivas.

Sakura




Imaginen una tarde en el Café España. Imaginen que hace frío, un frío que pareciera azul y que flota en el aire llenándolo todo como una película que ha sido colorizada en postproducción. Por último, imagínenme a mí en una mesa distante, queriendo pasar inadvertido, como quien no le debe nada al destino; y es que, de hecho, si le debo algo tampoco tengo con qué pagarle.