El tiempo y el Cabello Azul


La vida misma: Posts sobre las cosas que me van pasando.

¡He vuelto! Sí, me demoré un poco nada más, solo 2 años y 3 meses (jeje), pero volví. Creé esta categoría/sección llamada “La vida misma” y en ella prometí que contaría, precisamente, sobre mi vida. Sin ficciones ni metáforas, la vida de Celso Emilio y no la de Dante.


Aura María

 


En esa época yo vivía gracias a la literatura. No me refiero a que me hiciera ganar dinero, sino que, al contrario, tenía tan poco que solo lograba sobrellevar la adversidad gracias a ella. Y la literatura, al menos en mi vida, significaba tres cosas: los libros que leía, lo que yo escribía y mi novia. Esta última era increíblemente bonita, pero más que bonita, era inteligente, y aún más que bonita e inteligente, era una buena persona. Ya hoy en día es difícil conseguir alguien que reúna esas tres cualidades, las cuales, sin querer autoflagelarme, yo nunca tuve. Digo, tampoco era un tipo feo, ni me consideraba bruto o malo, pero sin lugar a dudas sí era un poco idiota. De otra forma no se podría explicar que no trabajase, que viviese de arrimado en el apartamento de mi chica sin poner una moneda, que justificase todo con el argumento romántico e ingenuo de que yo era un artista y solo a eso me dedicaría. En mi defensa, y lo veo ahora que ha pasado el tiempo, la razón de esa forma de pensar tan tonta se resumía en que, hasta aquel momento, había leído demasiado y vivido muy poco.


Antes de dormir


En algún momento de la madrugada me perdí. Y justo esa noche se hizo larga, muy larga, tanto que pareciera que duró meses, quizás porque la temporada era invierno o porque las horas nocturnas no funcionan iguales que las del día. Todo colabora para que uno termine de esa manera, extraviado sin darse cuenta. De lo que sí me percaté fue de que no quería estar así, perdido y estancado. Me pregunté por las cosas importantes de la vida: el hábito de sonreír constantemente, las ganas de escribir y, sobre todo, el dedal con forma de beso que es el amor. Entonces como aquel que desea -si bien no sabe en dónde- algún camino para recorrer, eché andar. Y recorrí esa noche larga intentando llegar hasta el amanecer. Justo antes de dormir, me puse a llorar sintiéndome muy solo.


El amor que se quedó


¿Te has puesto a pensar alguna vez qué pasará con el amor que se quedó? Ese que no es cualquier amor, sino uno en particular, el que se siente en las mejillas, en el estómago y en las ganas de viajar juntos. Un amor de verdad, quizás. ¿Qué pasará con él si aún está en las manos y en los ojos, pero sin ir a ningún lugar? Será que se transforma, que se muere o es capaz de continuar en otras vidas.

Me he puesto a pensar en eso, tal vez porque estoy en una edad incierta, sin ser joven, sin ser viejo, y encuentro cosas que se han quedado en el limbo también: sueños compartidos, chistes internos, chats de madrugada. Parecen pertenencias puestas al azar, aunque todas están atadas por un hilo rojo hasta el mismo lugar. Y de repente, de la nada llega un recuerdo en el que una conductora baja el vidrio y avisa: “hacen una bonita pareja”. Qué pasará con ese amor y qué pasará con la tristeza de saber que alguna vez fuimos muy felices. 

Destiempo



Nuestro problema fue el tiempo. Ese que a veces parecía ir muy rápido y otras muy lento.  Ese que apuraba situaciones para las que no estábamos preparados y que por eso no disfrutábamos, luego las hacía parte de una memoria acostumbrada a extrañar el pasado. Pero tú fuiste un pasado mejor, no perfecto, lo sé, pero mejor. Una madruga juntos, unas manos tocándose antes de despedirnos, mensajes kamikazes que buscaban estallar en el corazón del otro.  Esas y muchas otras imágenes en las que no suelo pensar para no hacerme daño. Sin embargo, ahí está el tiempo girando para matar nuestros recuerdos. Tú en la gran ciudad, yo en este desierto. Tú cantando bonito, yo intentando explicar con letras lo que no dije cuando debía.

El tiempo fue nuestro problema o, tal vez, el destiempo: te enamorabas de mí cuando yo no de ti, y me enamoraba de ti cuando tú no de mí. Y en esa desincronización se nos fueron los mejores años de nuestra vida, esos en donde vivíamos cerca y podíamos querernos libremente. El tiempo fue nuestro problema y eso lo veo desde este futuro en el que un nosotros no existe, como si fuese parte de un mundo que pasó por un cataclismo y yo, desde el posapocalisis de mi vida, lo descubro en los libros llenos de polvo. Si pudiese pedirle algo al tiempo sería dejarme hablar contigo, no para explicarte nada, sino para el reloj se detenga cuando tus ojos me vean otra vez.