Osaka



Nunca tuve  mucho para darte,

solo mis palabras,

unos lentes oscuros

toda la ilusión de alguien que no tiene miedo a decir lo que siente.

Supongo que la razón es que no estaba preparado,

que en cada oportunidad llegabas a mi vida como una sorpresa.

Yo con tan poco,

mientras tú me dabas risas,

fuerza

e incluso el recordatorio de que se puede sentir una vez más.

Te doy gracias por eso, por todo.

Aunque pase el tiempo y nuestros hilos se separen,

seguiré aquí,

esperando para decirte otra vez que tu olor a hojas secas me gusta.

Para decirte que,

si lo piensas detenidamente,

cuando yo llegaba,

tú te ibas,

y cuando tú lo hacías yo me estaba despidiendo.

Por eso no deja de ser curioso que justo ahora,

que vivimos tan lejos de nuestros ríos,

estemos de alguna manera más juntos que nunca.

Se siente bien vivir en Osaka.


San Isidro



Caminando por la calle San Isidro,

en Santiago de Chile,

hago con la punta del dedo índice

una X sobre mi pecho,

La razón:

Para que no entre nadie más. 

Pero en el camino

veo chicas de entre 27 y 29 años

con cabello negro

con cejas negras

con ojos negros, 

como la noche con estrellas.

Y pienso que eres tú,

que has venido de viaje

y el destino nos junta por coincidencia. 

Entras a mi pecho otra vez,

aunque este tiene una X, 

entras a ese lugar con olor a madera húmeda 

en donde se supone está mi corazón. 

Y me quedo pensando

en los cafés que te hacía en las mañanas, 

en los orgasmos que nos llevaron al cielo,

en las madrugadas en las que fuimos felices.

Pienso en que me prestaste un beso,

me prestaste calma,

me prestaste todo lo que me faltaba.

Como esa canción que ahora escucho y me hace llorar.

Pero ahora no hablamos.

Pero ahora, que seguro estás con alguien más,

alguien que nunca te querrá tanto como yo,

con locura y con pasión,

solo pienso en que quisiera tenerte enfrente,

pero no para decirte algo, 

sino para compartir el silencio cotidiano de las parejas que ya llevan años.

Para caminar otra vez hacia el departamento en donde fuimos felices,

ese que fue nuestro nidito de amor, 

nuestro lugar seguro.

Ese que, para mi tristeza,

no queda en San Isidro.


Cada palabra de amor


Cada cierto tiempo recuerdo que le propuse vivir juntos y ella respondió que sí. Eso me hizo sentir feliz, como un tipo con suerte. No estoy seguro si el pensar en ese tipo de cosas sirva de algo, uno se queda en la parada de los recuerdos sin que un nuevo autobús lo venga a buscar. Pero si me permito una vez más, al menos hoy, recordar lo que pasó entre nosotros, debo decir por cómo nos conocimos. Trabajamos en una casino que estaba en mitad del desierto, parecía una vida exótica y realmente lo era. La primera vez que la vi me impresionó: era inteligente, decidida, con carácter, todo eso sin dejar de ser amable. Esa primera vez la miré como se miran los sueños que nunca se harán realidad. 


Y los meses pasaron y yo me fui acomodando a la idea de que quizás, solo tal vez, lograría tener una oportunidad junto a su piel. Por eso me lancé por el abismo y sin darme cuenta logré aterrizar en sus brazos. Todo pasó en una noche de noviembre, única y bonita. Todavía no me lo creo, pero pasó, como pasan las cosas inesperadas. La miré a los ojos y le dije que me gustaba, que en realidad no era cosa de una sola vez, aunque no me creyese, le expliqué con todos los argumentos posibles que quería estar junto a ella. 


El tiempo pasó y vivimos más cosas inolvidables. Todavía la recuerdo con los atardeceres, con la luna y las canciones koreanas. Supongo que todo se trata de momentos cortos que nos acompañarán para siempre. Si pudiese decirle algo, por lo menos una cosa, sería que: en cada madrugada, todavía tiene a un loco que llega en sueños a su departamento con todo el amor de su corazón en las manos. Para entregárselo en cada beso, en cada cariño en el pelo, en cada palabra de amor.


Infinito




Esa noche llegué a tocar las estrellas al final de un orgasmo. 

En serio, no exagero.

Y sin darme cuenta me puse a llorar.

Lloré y lloré en un hombro que olía bonito. 

Y bonitos también fueron esos días,

no todo el tiempo uno puede decir que está enamorado.

Pero enamorado de verdad, con fuerza y valentía,

como el amor adolescente que ya no volverá. 

Como tampoco volverá el tomarse de la mano

y caminar juntos hacia el infinito. 



1805A



Quién lo diría, pero quién podría negarlo. Yo, entrando a un edificio altísimo en el centro de la ciudad, cuando el reloj marcaba la madrugada y las mariposas empezaban a alzar vuelo. Y digo empezaban porque desde hacía días venía pensando en ella, buscándola, lanzando chistes hacia su risa. Incluso en las despedidas intentaba darle un beso, ella tomaba mi cuello y yo me sentía alguien afortunado. Ahora al fin se habían alineado las estrellas y yo iba ahí, como un muchacho perdido en la niebla, intentando llegar a un departamento que me llamaba. Recuerdo que antes de tocar el timbre sentí miedo, mucho miedo, no a llegar, sino a tener que irme en algún momento. Cuando se abrió la puerta me recibió una sonrisa en un pijama, un olor a chocolate y menta en un cuello calentito. Su amor se acurrucó en mi pecho por primera vez, y yo cerré los brazos intentando protegerla. Hay noches sobresalientes en la vida de cualquier persona, pero esa, la de noviembre, nunca la olvidaré. Ni a ella tampoco.