Chega de Saudade | Clara Cover

Clara me regaló esta canción en abril y yo le regalé esta acuarela en mayo. Es una bonita historia.



-El extrañarme-


Fotografía obra de Juan Mattey. Fuente original Flickr

Extrañar es una desgracia.
Pero a mí me gusta extrañarte.
La ausencia que me dejas.
Tu lado vacío en la cama,
los flashes de tus ojos que me han dejado ciego
y el eco de tus canciones en el aire del cuarto.
Me gusta cuando te vas y no te tengo.
El anhelarte con euforia,
con locura,
con tristeza y ansias de que vuelvas.
Soy el amante más grande que has tenido,
también el más raro.
No quiero encerrarte para mí solo.
Prefiero verte libre bailando,
prefiero que deslumbres a todos con tus pestañas.
Porque en la libertad te siento más mía que nunca.
Y yo soy tuyo aunque no pienses en eso.
Lo seré así no quieras.
Disfruto cuando te vas al trabajo y estás apurada por el retraso.
Cuando veo la última estela del batir de tu pelo al salir de la casa.
Tiene belleza la desgracia de que te alejes.
Tu olor a bosque llenando la sala estando tan lejos.
Lejos, como ahora.
Y te evoco, te invoco, te convoco.
Ya sea en fotos del celular o en pensamientos que miran el techo.
Ya sea en el espejismo de tu risa detrás de la puerta.
o el fantasma de tus manos cuando apago la luz.
La verdad es que eres más mía cuando menos te tengo.
Muy mía, tan mía.
Y lo repito como idiota porque sí.
Yo soy tuyo hasta siempre.
Mis lunares, mis venas agitadas.
Y me desconsuelo buscándote en los cielos coloridos de esta ciudad.
Me gusta extrañarte.
Recordarte.
Soñarte.
Sentirte en las vísceras aunque no estés.
Aunque escuche las llaves girando el seguro
y te vea volver llorándome.
Porque ya no estoy vivo.
Y tú sufres el extrañarme.

-Desencuentro vespertino-



Fotografía obra de Alberto Rojas. Fuente Original: Caracas Shots

Me gusta ver desde un balcón luego de que ha caído la lluvia. Los colores se hacen más profundos, las ideas más melancólicas. Y entre nubes grises, carros surfeando charcos, perros mojados que se sacuden, me pierdo yo también.

-Olor a tierra-



Fotografía obra de Alberto Rojas. Fuente Original: Caracas Shots

Yo los vi cuando eran apenas una parejita recién casada. Él usaba un liki liki curtido y ella falda y blusa de colores opacos. Iban en alpargatas andando por las llanuras de San Juan. Y caminando. Caminando sin detenerse a mirar la antigua provincia que dejaban en el pasado, caminando por sendas hacia la República perturbada que apenas se levantaba. Y mientras tanto se oían rumores de nuevas guerras, nuevos ideales, nuevos caudillos. Y el mismo resultado: muerte sin un sentido. Ellos avanzaron durante años cargando esa realidad en las pupilas, en las ojeras hinchadas por no poder dormir tranquilos. Por eso no volvieron a las ciudades, prefirieron los caminos. Él le ayudaba a cruzar quebradas, ella le hacía masajes en los hombros de noche. Ella le curaba las heridas en los pies, él le cantaba las pocas canciones que se sabía. Estaban solos, pero juntos. Y fueron fuertes, y fueron valientes, mientras atravesaban el territorio insondable que solo Dios conocía porque lo había creado. A veces perdían el camino y no lo encontraban sino hasta pasado días o incluso semanas. Eran libres, verdaderamente libres. Hacían el amor en la noche, bajo la luna, bajo las estrellas, con la amenaza de los jaguares y los demonios nocturnos de la sabana. Pero ese amor era más grande que cualquier amenaza y al día siguiente, entre miradas sonrientes, reemprendían el viaje. Se unían a jornaleros solitarios con sus hordas de burros y gracias a  ellos se enteraban del devenir nacional. “Se montó tal en el poder, lo bajó este otro, y se montó tal o cual”, contaban. La silla de poder era constantemente usurpada por guapos sin razón ni norte, esos que solo querían poder. Un principio muy latinoamericano, muy criollo. Ellos seguían sin prestar mucha atención, ya el destino del país les era indiferente. Olían a tierra pura, como si ella los hubiese parido. Cuando los años pasaron se institucionalizó el ejército. Y fue ante una caravana de soldados en donde terminó la historia. Los encontraron una noche abierta mientras cenaban un venado cazado,  fue la hoguera prendida lo que los delató. Los soldados pidieron vino, pero ellos solo tenían agua; pidieron comida, pero no quisieron el venado; finalmente, pidieron dinero, pero ni siquiera reconocieron las viejas monedas de plata que se usaban en la colonia y que hacía tanto se habían dejado de usar. Sin encontrar algo más, pidieron a la mujer. Ante la defensa inútil del hombre, lo mataron con la punta de la bayoneta. Ella apenas y pudo gritar cuando el arma también le atravesó el costado. No hubo jaguares ni demonios nocturnos que fuesen tras esos soldados, no se hizo justicia ni se vengó lo que debía vengarse. Fue una historia anónima contada por un viejo árbol que se presenció todo. Cuentan que en la noche, cuando la luna está clara, se ven las siluetas andando y se escucha la voz del hombre cantándole a ella, su única patria.