Cada palabra de amor


Cada cierto tiempo recuerdo que le propuse vivir juntos y ella respondió que sí. Eso me hizo sentir feliz, como un tipo con suerte. No estoy seguro si el pensar en ese tipo de cosas sirva de algo, uno se queda en la parada de los recuerdos sin que un nuevo autobús lo venga a buscar. Pero si me permito una vez más, al menos hoy, recordar lo que pasó entre nosotros, debo decir por cómo nos conocimos. Trabajamos en una casino que estaba en mitad del desierto, parecía una vida exótica y realmente lo era. La primera vez que la vi me impresionó: era inteligente, decidida, con carácter, todo eso sin dejar de ser amable. Esa primera vez la miré como se miran los sueños que nunca se harán realidad. 


Y los meses pasaron y yo me fui acomodando a la idea de que quizás, solo tal vez, lograría tener una oportunidad junto a su piel. Por eso me lancé por el abismo y sin darme cuenta logré aterrizar en sus brazos. Todo pasó en una noche de noviembre, única y bonita. Todavía no me lo creo, pero pasó, como pasan las cosas inesperadas. La miré a los ojos y le dije que me gustaba, que en realidad no era cosa de una sola vez, aunque no me creyese, le expliqué con todos los argumentos posibles que quería estar junto a ella. 


El tiempo pasó y vivimos más cosas inolvidables. Todavía la recuerdo con los atardeceres, con la luna y las canciones koreanas. Supongo que todo se trata de momentos cortos que nos acompañarán para siempre. Si pudiese decirle algo, por lo menos una cosa, sería que: en cada madrugada, todavía tiene a un loco que llega en sueños a su departamento con todo el amor de su corazón en las manos. Para entregárselo en cada beso, en cada cariño en el pelo, en cada palabra de amor.


Infinito




Esa noche llegué a tocar las estrellas al final de un orgasmo. 

En serio, no exagero.

Y sin darme cuenta me puse a llorar.

Lloré y lloré en un hombro que olía bonito. 

Y bonitos también fueron esos días,

no todo el tiempo uno puede decir que está enamorado.

Pero enamorado de verdad, con fuerza y valentía,

como el amor adolescente que ya no volverá. 

Como tampoco volverá el tomarse de la mano

y caminar juntos hacia el infinito. 



1805A



Quién lo diría, pero quién podría negarlo. Yo, entrando a un edificio altísimo en el centro de la ciudad, cuando el reloj marcaba la madrugada y las mariposas empezaban a alzar vuelo. Y digo empezaban porque desde hacía días venía pensando en ella, buscándola, lanzando chistes hacia su risa. Incluso en las despedidas intentaba darle un beso, ella tomaba mi cuello y yo me sentía alguien afortunado. Ahora al fin se habían alineado las estrellas y yo iba ahí, como un muchacho perdido en la niebla, intentando llegar a un departamento que me llamaba. Recuerdo que antes de tocar el timbre sentí miedo, mucho miedo, no a llegar, sino a tener que irme en algún momento. Cuando se abrió la puerta me recibió una sonrisa en un pijama, un olor a chocolate y menta en un cuello calentito. Su amor se acurrucó en mi pecho por primera vez, y yo cerré los brazos intentando protegerla. Hay noches sobresalientes en la vida de cualquier persona, pero esa, la de noviembre, nunca la olvidaré. Ni a ella tampoco. 

Aura María

 


En esa época yo vivía gracias a la literatura. No me refiero a que me hiciera ganar dinero, sino que, al contrario, tenía tan poco que solo lograba sobrellevar la adversidad gracias a ella. Y la literatura, al menos en mi vida, significaba tres cosas: los libros que leía, lo que yo escribía y mi novia. Esta última era increíblemente bonita, pero más que bonita, era inteligente, y aún más que bonita e inteligente, era una buena persona. Ya hoy en día es difícil conseguir alguien que reúna esas tres cualidades, las cuales, sin querer autoflagelarme, yo nunca tuve. Digo, tampoco era un tipo feo, ni me consideraba bruto o malo, pero sin lugar a dudas sí era un poco idiota. De otra forma no se podría explicar que no trabajase, que viviese de arrimado en el apartamento de mi chica sin poner una moneda, que justificase todo con el argumento romántico e ingenuo de que yo era un artista y solo a eso me dedicaría. En mi defensa, y lo veo ahora que ha pasado el tiempo, la razón de esa forma de pensar tan tonta se resumía en que, hasta aquel momento, había leído demasiado y vivido muy poco.


Antes de dormir


En algún momento de la madrugada me perdí. Y justo esa noche se hizo larga, muy larga, tanto que pareciera que duró meses, quizás porque la temporada era invierno o porque las horas nocturnas no funcionan iguales que las del día. Todo colabora para que uno termine de esa manera, extraviado sin darse cuenta. De lo que sí me percaté fue de que no quería estar así, perdido y estancado. Me pregunté por las cosas importantes de la vida: el hábito de sonreír constantemente, las ganas de escribir y, sobre todo, el dedal con forma de beso que es el amor. Entonces como aquel que desea -si bien no sabe en dónde- algún camino para recorrer, eché andar. Y recorrí esa noche larga intentando llegar hasta el amanecer. Justo antes de dormir, me puse a llorar sintiéndome muy solo.