-Tú me gustas-


Fotografía obra de Génesis Pérez 

-Quiero que sepas que me gustas. Sí, me gustas de gustar.  Me gustas y decirlo suena hasta bonito. Te lo digo porque siento que tengo una oportunidad contigo, de hecho, creo que tenemos mucho en común. Por ejemplo, los dos pertenecemos a la especie humamos  y existimos en un mismo espacio durante un determinado tiempo. ¿Ves? No tuve que pensar para decirte dos cosas que compartimos. Incluso, si lo piensas detenidamente, con tanta casualidad podría considerarse que estamos hechos el uno para el otro.

-Vine a hablar de algo-


Fotografía obra de VARL Audiovisual

Yo vine a hablar de algo. Mmm, ¿qué sería? Es confuso, no puedo recordarlo. Ahora mismo son las 18:33, llevo toda la tarde intentando una cuestión que… ¡Ah! Acabo de acordarme, quería decir un pretexto que justificase por qué no había escrito en los últimos meses con la misma constancia que en los años pasados. Pero la verdad creo que no hay muchas razones para inventar, simplemente estaba en modo “ahorro de energía” respecto a esta cuestión de publicar y compartir lo que se se me iba ocurriendo. Vaya, ese parece sincero al menos, todo sea por no llegar al punto de admitir el hecho de que había mandado al carajo, al menos parcialmente, el hábito de escribir. Quería estar sin tantas letras, tantas historias y tanto drama.

Verán, nunca me llamo a mí mismo escritor. La escritura es un oficio y por tanto conlleva disciplina y constancia que sumen a la técnica. Supongo que luego de cinco años de escribir constantemente sigo pensando que en realidad estos elementos no se encuentran presentes en mi quehacer constante. Sí, lo digo cuatro libros después, pero eso no cambia nada. Entonces ¿qué soy? Solo soy un muchacho al que le gusta contar cosas, supongo. Uno que dejó de hacerlo con la frecuencia de antes y que ahora viene acá a dar explicaciones tontas sobre su partida temporal.

Pero es que entiéndanme, las personas que están metidas en el... ¿arte? Mmm, no le llamemos así, mejor digamos esto: las personas que buscan formas de expresarse. Bien, esas personas tienden a sumergirse entre los mares de la intensidad.  Hablan sobre libros, pinturas, películas, música, poesía, ensayos, y qué sé yo. Eso no está nada mal, no me malentiendan ya que, de hecho, son más bien elementos sublimes y que transgreden las barreras entre la imaginación y la realidad siendo canales a dimensiones a las que no podemos llegar fácilmente. Pero qué pasa cuando estás tan metido en la medula de dichas manifestaciones, cuando es así, lo mejor es un descanso.

Y a descansar me fui al menos unos meses. Y aquí me tienen, todo el párrafo anterior es para explicar eso. Me fui a ver comiquitas en la televisión, a hablar con mi mamá, a estudiar para los exámenes, trabajar, hacer mercado, tomar café, reencontrarme con mis amigos y emborracharme, bailar en las fiestas, ver lo contaminada que está mi ciudad, ver nuevos lanzamientos de sneakers, entre otras cosas. Y me siento bien (demasiado bien) de haberlo hecho. Porque no podemos atarnos a ningún hábito hasta el punto de pensar que estamos mal por dejar de hacerlo. Prefiero vivir una vida tranquila, ser un hombre sincero de donde viene la palma.

Ahora estoy aquí otra vez, con la misma laptop en la que escribo desde hace más de 5 años y meditando nuevos escenarios, preguntándome si continuaré escribiendo y si habrá final feliz. Para este punto me conformo con que exista un final por lo menos.

En fin, así comienza este año 2017 para Café y Arepas, un espacio del cual me siento profundamente orgulloso. Una última cosa: en febrero será el aniversario número 5 de este sitio web en el que, precisamente, se desayunan letras. Eso, amigos míos, es algo increíble. 

Recuento mental, escrito y tarareado [2016]





-Perdido-


Fotografía obra de Juan Mattey. Fuente original Flickr

Me metí a mi cuarto y le subí a la música. Me sentí extraño en aquel sitio tan común, como un invasor de otra vida. Y llegó la furia y la rabia y todas las quimeras de una personalidad difícil. Caí de rodillas ante el peso de mis hombros, comencé a gritar pidiendo luz, comencé a llorar buscando respuestas. Y nada llegó, estaba solo. Me estrujé la cara. Odiaba tanto aquella situación como me odiaba a mí mismo, a mis defectos, a mi terquedad, a los días de febrero que no volverían. Entonces la canción que sonaba llegó al clímax y yo grité como nunca sin miedo a que despertasen los vecinos, con los ojos cerrados y el alma queriendo salir. Para cuando terminé el grito de animal herido llegó el silencio y la sensación de estar volando. Abrí los ojos y vi que me rodeaban estrellas, mi cuarto había quedado atrás. Estaba a universo abierto, con planetas rodeándome, sin tiempo rigiéndome ni la sociedad a la que había pertenecido. Tenía frio y calor al mismo tiempo. Si existía la matrix realmente, ya no estaba en ella. Este era el plano real, verdadero, aquel al que había llegado por el impulso sincero de estar más perdido que lo normalmente perdido. Mi vida había renacido sin morir. Pero volví a cerrar los ojos y aparecí nuevamente en mi cuarto. Estaba amaneciendo y mi teléfono sonaba. Contesté sintiendo aún el sabor a supernovas en la boca. Era ella diciéndome que nos viésemos en un café, que deseaba hablar.

- Sesiones de desperdicio-


Fotografía obra de Génesis Pérez 

Odio con toda mi alma este sitio. Odio el diván en el que me acuestan y el techo que tengo que ver durante una sesión de dos horas cada jueves. Odio el asqueroso cliché de la pregunta: “¿Y eso como te hace sentir? Pero sobre todo, odio las respuestas que voy dando. Siento como si me fuese destilando cuando digo razones, detallo sentimientos e intento explicar ideas. Odio la fragancia de años pasados, de nostalgia y sollozos, esa que también tiene este consultorio. Incluso creo que huele a ojos caídos, a brazos cruzados. Huele a vacío e intentan disimularlo con incienso de mandarina. No lo logran, solo me enojan más. Y al frente tengo aquel tipo preguntando cosas, queriendo que yo me entienda, que busque mi redención. No quiero entenderme ni que nadie lo haga, tampoco busco salvar lo insalvable. Esto es una perdida de tiempo, una que me cuesta demasiado dinero. Solo me sirve para retornar a mis instintos más básicos, a la furia. Remonto a las peleas del colegio, a los sudores del mediodía, a gritos con mis papás, a traumas por mi aspecto, por ser diferente. Pero voy más atrás en el pasado, a cuando estaba en un vientre y tenía tiempo para pensar. Ahora apenas tengo el suficiente para despensar. Sigo yengo más atrás, más lejos, una célula, una esperanza, luego todo negro. Y… una luz. Abro los ojos y veo el sol que llega desde la ventana. El señor Marcano me pregunta si me ha servido pensar en mi niñez. “Sí, creo que ahora entiendo que no todo es culpa mía”, le miento. “Oh, muy bien, hemos avanzado mucho hoy”, me miente. Y pienso antes de salir que si hay una realidad más dura que ser una persona depresivo e irascible, es tener que lidear con los depresivos y los irascibles. Los psicólogos solo aparentan ser jarrones vacíos que escuchan y luz de faro que guía. Tienen paciencia, son ocurrentes. Me da un poco de lástima, solo eso, aunque no tanto como la que me doy a mí mismo. Por eso me levanto, salgo del despacho y camino hacia la tarde. Cruzo la calle y, al volver la rabia, me volteo hacia la oficina del señor Marcano nuevamente. Tomo una piedra y se la pego en la ventana. Solo en ese momento me siento mejor. Mucho mejor.