Viajé para verte



Fotografía obra de Juan Mattey. Fuente original Flickr

Intentó recordar momentos importantes de su vida tales como el día en que empezó la universidad o la vez que se hizo el primer tatuaje. Con esfuerzo, incluso cerrando los ojos, solo logró ver sombras borrosas. Era un hecho, sufría de un padecimiento que afectaba directamente su memoria, pensó entonces que lo mejor sería ir al médico.


Las musas o lo que sea


Fotografía obra de VARL Audiovisual

Pasaron varias noches para que Rigoberto pudiese darse cuenta de que le estaba costando dormir. Él, un tipo de sueño fácil, ahora se encontraba a sí mismo en la cama a la una, dos, tres de la madrugada sin rastro de un picor de ojos, de un bostezo siquiera que lo sedujese.

Locas, queridas locas



Fotografía obra de Alberto Rojas. Fuente Original: Caracas Shots

Mi mamá está loca, supongo.
Pero no más que Venezuela, supongo.


Enrique, el perro


Fotografía obra de Alberto Rojas. Fuente Original: Caracas Shots

Hace mucho tiempo me sentí bastante solo, por ello tuve la idea de adoptar un perro al que llamé Enrique. No buscaba una mascota, quería un amigo. Por eso no fue Dobby ni Firulais, su nombre debía ser lo más humano posible para que me entendiese cuando le hablara.

Mis más sinceras disculpas


Fotografía obra de VARL Audiovisual

Afuera llueve y yo no quiero salir. Así evito mojarme, y bueno, no me gustan los rayos ni los truenos. También pasa que todo está lleno de lodo y mugre, por eso no quiero salir. O será también porque afuera me sentiría perdido. Perdido en mi propia ciudad en donde he pasado los 23 años que conforman mi vida. Y con perdido me refiero a sentir “miedo” y “pánico” que resultan no ser lo mismo. El miedo es más ligero, se siente al escuchar el motor de la moto aproximándose, pero se pierde al comprobar que a quienes transporta no son peligrosos…. Ese es solo un ejemplo, el miedo puede ser efímero, fugaz. Sin embargo, de ser cierta la sospecha, pasa a ser pánico. Este es profundo y denso, casi se puede tocar. Llega cuando de repente tienes adelante dos tipos que te acorralan, uno te coloca un cuchillo en la barriga, el otro la punta de una pistola en la sien; te piden el teléfono, la cartera o cualquier otra pendejada terrenal. Juegan con tu vida, se burlan de ella, la escupen, la orinan, y luego, con suerte, te la devuelven. O no te dejan ir y… ¡PAM! ¡PAM! ¡PAM! Te quitan los suspiros. Por eso no quiero salir, no quiero, prefiero quedarme en esta burbuja alrededor de mi casa. Una que también podría explotar en cualquier momento, pero que al menos aparenta, engaña, es una ilusión. Ya he escrito muchas veces sobre este tema, por qué será que vuelvo a él. Por qué recurro tantas veces al fango de realidad histórica que le tocó a mi generación. Supongo que es porque estoy contaminado, masacrado, escoñetado por ella. Aunque ya no salgo y evito ver nuevas noticias porque ya basta. Basta de sangre, de la página de sucesos siendo la de espectáculos, de tanta vaina. Ni siquiera una seguridad agresiva y autoritaria me brinda esta dictadura maltrecha, este país con militares de cartón e imposiciones de carnaval. No quiero salir, déjenme acá, en casa, esperando a que llegue el fin del mundo. Ya no soy el muchacho enérgico de cuando tenía 20 e iba a protestas y manifestaciones que intentaban cambiar nuestro destino. En tan solo en tres años he envejecido y perdido la fe, la confianza, las ganas de todo; soy nada. Tampoco me importa mucho. Cuánto daño te puede hacer la realidad, cuán bajo puedes caer en ti mismo, en tu entorno. Mis más sinceras disculpas, esto es muy desesperanzador. También supongo que este tipo de ejercicios de descarga sirven para morir y renacer, para drenar el veneno de nuestro organismo y volver a intentarlo mañana con otro ánimo. No lo sé, tampoco quiero pensar en eso. Solo sé que no quiero salir. No quiero. No me obliguen. No lo haré. La verdad es que no tengo sombrilla, y que todo me sabe a mierda.