Mis más sinceras disculpas


Fotografía obra de VARL Audiovisual

Afuera llueve y yo no quiero salir. Así evito mojarme, y bueno, no me gustan los rayos ni los truenos. También pasa que todo está lleno de lodo y mugre, por eso no quiero salir. O será también porque afuera me sentiría perdido. Perdido en mi propia ciudad en donde he pasado los 23 años que conforman mi vida. Y con perdido me refiero a sentir “miedo” y “pánico” que resultan no ser lo mismo. El miedo es más ligero, se siente al escuchar el motor de la moto aproximándose, pero se pierde al comprobar que a quienes transporta no son peligrosos…. Ese es solo un ejemplo, el miedo puede ser efímero, fugaz. Sin embargo, de ser cierta la sospecha, pasa a ser pánico. Este es profundo y denso, casi se puede tocar. Llega cuando de repente tienes adelante dos tipos que te acorralan, uno te coloca un cuchillo en la barriga, el otro la punta de una pistola en la sien; te piden el teléfono, la cartera o cualquier otra pendejada terrenal. Juegan con tu vida, se burlan de ella, la escupen, la orinan, y luego, con suerte, te la devuelven. O no te dejan ir y… ¡PAM! ¡PAM! ¡PAM! Te quitan los suspiros. Por eso no quiero salir, no quiero, prefiero quedarme en esta burbuja alrededor de mi casa. Una que también podría explotar en cualquier momento, pero que al menos aparenta, engaña, es una ilusión. Ya he escrito muchas veces sobre este tema, por qué será que vuelvo a él. Por qué recurro tantas veces al fango de realidad histórica que le tocó a mi generación. Supongo que es porque estoy contaminado, masacrado, escoñetado por ella. Aunque ya no salgo y evito ver nuevas noticias porque ya basta. Basta de sangre, de la página de sucesos siendo la de espectáculos, de tanta vaina. Ni siquiera una seguridad agresiva y autoritaria me brinda esta dictadura maltrecha, este país con militares de cartón e imposiciones de carnaval. No quiero salir, déjenme acá, en casa, esperando a que llegue el fin del mundo. Ya no soy el muchacho enérgico de cuando tenía 20 e iba a protestas y manifestaciones que intentaban cambiar nuestro destino. En tan solo en tres años he envejecido y perdido la fe, la confianza, las ganas de todo; soy nada. Tampoco me importa mucho. Cuánto daño te puede hacer la realidad, cuán bajo puedes caer en ti mismo, en tu entorno. Mis más sinceras disculpas, esto es muy desesperanzador. También supongo que este tipo de ejercicios de descarga sirven para morir y renacer, para drenar el veneno de nuestro organismo y volver a intentarlo mañana con otro ánimo. No lo sé, tampoco quiero pensar en eso. Solo sé que no quiero salir. No quiero. No me obliguen. No lo haré. La verdad es que no tengo sombrilla, y que todo me sabe a mierda. 


Por amor y desamor


Fotografía obra de Juan Mattey. Fuente original Flickr

No entiendo la poesía
Ni de versos ni estructuras
Sé que es rabiosa y profunda
Pero porque lo he oído mencionar
Siendo más sincero,
muchas veces solo finjo que me gusta.
La leo, sí, lo intento, sí
pero tantas veces resulta confusa.
Y me siento triste porque me siento bruto.
Aún sin saber de los crepúsculos ni las uvas de Neruda,
me aventuro a intentar escribirla
Pero recuerdo a Bolaño clamando a mi casta
"no todo el mundo es poeta,
cualquiera puede escribir prosa, cortarla y ya tiene un poema;
eso no es poesía,
pero vaya, eso no es poesía"
Y vuelvo a sentirme bruto y ahora hasta pobre
porque nunca seré capaz de emitir sonetos, décimas ni cantos,
y quedo encayado en la orilla del mar,
varado en el otoño perpetuo de un bosque olvidado,
vacío y perdido en la añoranza.
Con lo peor,
con lo más triste,
con la imposibilidad de escribirte a ti, querida mía, un poema si quiera.
Para hacerte sonrojar, reír, soñar,
para enamorarte un poco más de lo que estuviste ayer.
Es por amor que buscamos escribir y por desamor que lo hacemos mejor.
Qué compleja es la vida del antiartista,
del que quiere y no puede,
del iluso que no logra llegar a las entrañas del universo,
tomar ideas,
convertirlas en las palabras precisas,
organizarlas en versos con estructuras,
y martillar un poema.
Es mi caso, tal vez, quién sabe,
pero por ti, belleza de mis ojos, lo intentaría mil veces.


Reportaje: Relatos de Acero

Creo que muy pocas veces (quizás ninguna realmente) he mencionado cuál es la carrera que estudio. Pues bien, acá el misterio revelado: curso los últimos semestres de Comunicación Social. En el pensum de mi Universidad, luego del ciclo básico el estudiante opta a dos especializaciones, de esa forma, puedo decir orgullosamente que he concluido la primera de estas, la Concentración de Periodismo. Entonces, ¿soy un periodista? La verdad no lo creo. Algo que sí he dejado claro antes es la necesidad de practicar con disciplina un oficio a fin de ser conocido como alguien que lo represente. La única vertiente del periodismo en la que me he involucrado ampliamente es el periodismo institucional, es decir, su lado más corporativo. Tomando en cuenta esto, culminé exitosamente la Concentración de Periodismo con la aprobación de mi trabajo final el cual se centró (y cómo no) en una de los íconos de mi Ciudad Guayana: La Siderúrgica del Orinoco C.A (Sidor). 

Quise mostrar a las personas de nuestra olvidadiza actualidad, aquellas que no apartan los ayeres por lo vertiginosos de los ahoras, que existió una época distinta de progreso e innovación en la que el sector industrial de Guayana se levantó y colaboró en la formación de una Venezuela mejor. En este proceso, hombres y mujeres dieron su esfuerzo e ingenio para lograr que una empresa como Sidor lograse en la década 1970 metas increíbles. Les presento el reportaje Relatos de Acero, espero que aquellos que se tomen la molestia de leer estas páginas den con verdades desconocidas.


Ya no quiero verte más


Fotografía obra de Alberto Rojas. Fuente Original: Caracas Shots

-Creo que tuvo suerte de morir esta noche.

Memorias anticipadas


Fotografía obra de Celso Emilio Vargas Mariño

La primera vez que vi a John yo debía tener 19 años y él tres más. Fue en un cortometraje universitario  en el que estuve como extra y él quien lo grabó. Recuerdo que llegó tarde, o quizás yo lo hice demasiado temprano. Pero esa no fue la vez que nos hicimos amigos sino mucho tiempo después; sea como sea, fue una suerte. Rara vez hablábamos de la muerte y otros temas importantes. Preferíamos películas, música y animes trascendentales. Siempre admiré su forma de ver el mundo y sus capacidades de abstraerse del entorno. Aún nos puedo ver recorriendo carreteras con destino a Puerto la Cruz, a Caracas, a su Ciudad Bolívar desde mi Puerto Ordaz. John llegó incluso a ser mi profesor en la cátedra de Cine de Ciencia Ficción y las ideas de aquel curso florecieron en Into the Blue, otro cortometraje, con él como director, yo como uno de los guionistas y ambos actuando. Durante aquel mismo período de tiempo también fue corrector de mi segundo libro y hasta diseñó su portada. Una puta locura. No sé de dónde sacábamos tanto tiempo pero exprimimos la savia a nuestra juventud. Hicimos, deshicimos, y volvimos a hacer un montón de chécheres que ya son historia.  Pero jamás faltaron las comiquitas o las nuevas series que iban saliendo, el contarnos nuestras cosas o acompañarnos en las desventuras amorosas que cada uno tenía.  Aunque yo ya tenga mucho tiempo sin fumar, extraño los cigarrillos nocturnos en el balcón de su apartamento de Alta Vista. Extraño también las cervezas frías, los dulces, los almuerzos de pasticho o pasta a la suiza que compartíamos. También extraño a Vero, a Pancho, a Samuel y tantos otros amigos. Sufrimos el destino de las generaciones fracturadas, de los aviones de papel en medio del huracán. Pero John me decía que todo saldría bien, que yo mismo se lo había dicho muchas veces antes. Ahora que lo pienso, el escribir memorias anticipadas hace parte de eso: reivindicarme que las cosas resultarán de mejor manera, que lograremos sobrevivir.